La farsa de la democracia

“El mundo está gobernado por personajes muy diferentes de los imaginados por aquellos que no están detrás del escenario.”

Benjamin Disraeli, Primer Ministro de Gran Bretaña, siglo XIX

Introducción

Visto el esperpéntico espectáculo al que estamos asistiendo desde hace meses en España sobre las elecciones, la imposible formación de gobierno y los fracasados diálogos, mucha gente se preguntará qué está pasando aquí o incluso se cuestionará los principios mismos de la democracia. Y tal vez más de uno habrá visto que la voz del pueblo cuenta más bien poco (por no decir nada), porque luego resulta que hay muchos poderes internos o externos que pasan muy por encima de lo que el ciudadano pueda pensar o sentir, o expresar mediante voto. Pero la gente, ante estos despropósitos, suele adoptar una postura resignada y pasiva, y defiende a capa y espada la democracia porque no hay otra opción posible (¿el caos, la anarquía, la dictadura…?). Y así pues, la población vuelve una vez más a las urnas para repetir el escenario surrealista de la película “El día de la marmota”, y además vota mayoritariamente al partido que acumula el mayor historial de corrupción en los últimos tiempos. ¡Viva la democracia! ¿Seremos capaces de una vez de hacer una reflexión crítica y sin prejuicios mentales de eso que nos han vendido como la cúspide de la libertad de los pueblos?

Lo cierto es que cuando uno intenta aportar argumentos en contra de las bondades de la llamada democracia es bien posible que lo encasillen en un ámbito próximo al autoritarismo, a las dictaduras, al fascismo o a cosas aun peores. Pero esta es una reacción lógica a la cual hemos llegado después de que nos hayan convencido de que este es el mejor sistema político posible. Por lo tanto, el mundo moderno, libre y civilizado es por definición “democrático”, en el sentido de que este es el camino a seguir, el que ha aportado libertad y prosperidad a los países, en base a unos sagrados principios de “soberanía nacional” e “independencia de los tres poderes” que fueron implantados durante las revoluciones francesa y americana de finales del siglo XVIII.

Así pues, vamos a introducirnos, al menos someramente, en los orígenes de la democracia, su establecimiento y su auge en los dos últimos siglos, así como en sus mecanismos internos y maneras de funcionar, para acabar por reconocer que la democraciaentendida en su traducción literal de “poder o gobierno del pueblo”, nunca ha existido ni existe hoy en día como tal. Es una farsa, una pantomima para hacer creer a la población que es ella quien decide libremente los destinos colectivos del país. Pero vayamos ya a los hechos históricos.

Un poco de historia

Pericles, emblema de la Atenas democrática (s. V a. C.)

Si nos remontamos a las formas democráticas más antiguas reconocidas, hemos de ir forzosamente a la Grecia clásica de mediados del primer milenio antes de Cristo. La difícil, agreste e insular geografía griega había facilitado desde muchos siglos antes la creación de pequeños territorios independientes con sus propios recursos e instituciones. Esto dio como resultado la creación de varias polis (ciudades-estado) que evolucionaron desde sistemas de gobierno autocráticos u oligárquicos a sistemas basados en la participación popular, compuestos por varios mecanismos de organización y reparto del poder (con asambleas populares, legislativas, judiciales, ejecutivas, etc.); todo ello bastante revolucionario con relación a los grandes estados imperiales como los que ya habían surgido en otras partes del mundo (Egipto, Sumeria, Babilonia, Persia, China, etc.), en los que solía gobernar un monarca por derecho divino. Pero no toda Grecia era un ejemplo de democracia, pues sin ir más lejos Esparta era una monarquía –o diarquía– autoritaria en la que una minoría muy selecta dominaba a una gran mayoría de la población. A su vez, la famosa democracia de Atenas y de otras ciudades helenas estaba restringida a una parte de la población con capacidad de voz y voto[1], y además, en la práctica, las decisiones venían fuertemente determinadas por las facciones o líderes con más preeminencia en cada momento. Eso sí, a diferencia de la democracia actual, que es indirecta, los antiguos griegos se reunían, discutían y votaban las cuestiones a debate o los cargos[2] de forma directa y a mano alzada. Por supuesto, esto era posible porque la democracia se restringía al ámbito de la polis, no a un gran territorio o estado.

Como heredera de esta tradición griega, tenemos el caso de la Roma antigua, que expulsó a sus reyes etruscos en el siglo VI a. C. para crear un régimen popular llamado república, que literalmente significa “la cosa pública”. Este sistema preveía la elección anual de dos cónsules como máximos representantes del poder romano por sufragio directo del conjunto de ciudadanos de las curias o tribus originales. Además, existían otros cargos ejecutivos que también se elegían por votación, como los censores, los cuestores, los tribunos o los magistrados. Por otra parte, había una asamblea heredada de la época monárquica, el Senado, que estaba compuesto por las personas de mayor rango, experiencia y prestigio y que tenía como fin legislar y asesorar a los cónsules, e incluso podía ejercer de cierto contrapunto a su poder.

Representación del Senado Romano

Sin embargo, en dicha época republicana, los cónsules ejercían un poder completo como si fueran auténticos reyes y los puestos del senado ya se habían convertido en cargos hereditarios. Y si bien es cierto que con la República las masas populares –los plebeyos– adquirieron más cuota de poder y representación, acabaron por topar con el poder tradicional de los romanos de rancio abolengo, los patres o patricios, que seguían ostentando los mayores privilegios y prerrogativas por su categoría social. Así, aun cuando en las votaciones populares (comicios curiales o centuriados) los plebeyos podían aspirar a ganar, en la práctica había una democracia más bien pobre, y los mecanismos de poder seguían en manos de la aristocracia. Según se cita en Wikipedia:

“Las votaciones en los Comicios Curiales no eran igualitarias. Sólo los padres de familia tenían voto, estando mujeres y esclavos excluidos. La admisión de los plebeyos había dado la mayoría a las capas humildes. Por esto, las reformas tendieron a quitar poderes a estas Asambleas en favor de los Comicios Centuriados, donde no era preponderante la influencia de la nobleza o patriciado, pero sí de los ricos, y donde se votaba por centurias (cada centuria, un voto); al votar las seis centurias de caballeros (de familias distinguidas) las primeras, decidían casi siempre la votación. Las centurias de caballeros y las de primera clase reunían la mayoría. Además todas las votaciones de los Comicios Centuriados debían ser refrendadas por la Asamblea de Patricios.”[3]

Como se ve, ya en Mundo Antiguo existían las maneras de encauzar los mecanismos electorales hacia el resultado deseado por las clases dirigentes. Lo que es muy de destacar es que el sistema republicano romano institucionalizó una dualidad de facciones u opciones políticas: el partido de los plebeyos, defensor del pueblo bajo (una especie de “liberales” o, en el mejor de los casos, “progresistas”) y el partido de los patricios, defensor de la casta aristocrática (o sea, los “conservadores”). Por lo tanto, no había terceras ni cuartas alternativas, sino simple y puro bipartidismo, con una alternancia en los máximos poderes. ¿Les suena esto de algo? Por cierto, vale la pena resaltar que esta eterna dualidad-rivalidad política se tradujo en no pocas disputas, revueltas, asesinatos, conjuras e incluso guerras civiles a gran escala, que perduraron prácticamente hasta los tiempos de César y Pompeyo.

En efecto, todo este sistema republicano fue degenerando hacia una concentración de poder que tuvo como resultado en el siglo I a. C. la aparición de autócratas como Sila o el propio Julio César, que dieron el golpe de gracia al antiguo régimen. Así, ya desde Augusto, y pese a que formalmente se mantenían aún las instituciones republicanas, Roma se había convertido en un imperio o monarquía, en el cual sus gobernantes alcanzaban el poder absoluto por vía hereditaria o por las armas, sin que el pueblo tuviera nada que decir, aparte de pedir panem et circenses (“pan y espectáculos”[4]

Resurge la democracia

De este modo, el modelo democrático quedó enterrado durante siglos en el mundo occidental y tanto el sistema esclavista como el feudal mantuvieron al pueblo bajo las riendas del poder político-económico-religioso hasta la Edad Moderna, si bien existieron algunas instituciones representativas que funcionaban en paralelo al poder real, pero que respondían básicamente a los intereses de las clases más favorecidas. A partir de este punto, las monarquías absolutas camparon a sus anchas con excepción de Inglaterra, que mantuvo un parlamento de notables como contrapoder del rey[5]. Los cambios definitivos hacia un sistema democrático –tal como se entiende actualmente– no surgieron hasta la irrupción de los filósofos e intelectuales de la Ilustración francesa, con ideas como la soberanía nacional y la separación de poderes, según la clásica propuesta de Montesquieu: poder ejecutivo (el gobierno), poder legislativo (el parlamento) y poder judicial (la judicatura).

Clásica alegoría de la Revolución Francesa

Lo que vino después ya es bastante conocido: la independencia de los EE UU, que adoptan un régimen republicano constitucional, con un sistema parlamentario básicamente bipartidista (como continuación de la clásica dualidad inglesa de whigs y tories), y la revolución francesa, que elimina la monarquía absolutista y crea una república fundada en la famosa tríada de “liberté, egalité, fraternité”, los tres lemas que se convirtieron en el estandarte democrático de nuestra era contemporánea. A partir de este punto y durante todo el siglo XIX los sistemas democráticos se van difundiendo a través de las revoluciones liberales que tienen lugar en buena parte de Europa y de la América Latina, aunque en bastantes casos la instauración de los nuevos estados con formas republicanas y liberales fue en gran medida una pura fachada para disfrazar regímenes personalistas o clasistas.

Desde luego, no todo el mundo tenía derecho a voto ni había muchas opciones entre las que escoger, que eran las que permitía el sistema de poder establecido. Lo que es propiamente el sufragio universal no llegó a muchos países hasta bien entrado el siglo XX. Por ejemplo, en la muy democrática Gran Bretaña de inicios del siglo XIX sólo podía votar el 7% de la población adulta, y ello incluso después de una amplia reforma legal llamada Great Reform Act (de 1832). Sea como fuere, el poder pasó de estar a manos de aristócratas y terratenientes a estar controlado por burgueses y capitalistas. Entretanto, amplias capas sociales –sobre todo la población urbana y la emergente clase obrera– habían “comprado” las virtudes del nuevo régimen y habían dado su sangre para sacarlo adelante[6]. Así, la mayoría del pueblo creyó que la instauración de las democracias y de los parlamentos iba a traer paz, equidad, justicia social, prosperidad, etc. para todos. Pero la historia de las democracias modernas es una historia de más de lo mismo… o peor.

En la práctica, el establecimiento de sistemas más o menos democráticos no cambió en demasía la situación de gran parte de la población. Del odioso y clasista régimen feudal se pasó el emergente sistema capitalista, que también suponía diferencia de clases y nuevas formas de explotación. En cuanto al progreso, éste no vino dado por la nueva política, sino precisamente por los avances en la economía y la tecnología en forma de revolución industrial, que vino a coincidir en el tiempo con la implantación de los regímenes liberales. Así, es cierto que se proclamaron constituciones, se crearon parlamentos y se aseguraron derechos y libertades de los ciudadanos, pero lo que hizo avanzar el liberalismo fue definitivamente el moderno mundo industrial, que impulsó el crecimiento demográfico y una lenta mejora en las condiciones de trabajo y de vida[7].

Reunión de Yalta: democracias y dictaduras compartiendo guerras

Pero el hecho de que los ciudadanos llegaran a una cierta cuota de poder a través de unas elecciones que les permitían escoger a unos ciertos “representantes” no quiere decir que tuvieran posibilidad real de cambiar las cosas por sí mismos. Los estados seguían llevando a cabo sus políticas, mientras se enzarzaban en cruentísimas guerras como nunca se habían visto antes sobre la faz del planeta. En efecto, el siglo XX destaca con mucho en la creación de monstruos totalitarios (fascismo, nazismo, estalinismo, etc.) que nacieron precisamente del fracaso de las democracias y que a la postre fomentaron las dos tremendas guerras mundiales del siglo, más otros muchos conflictos locales que se llevaron por delante millones de vidas.

En este punto, es conveniente resaltar que en el moderno siglo XX muchos países con sistemas democráticos no tenían realmente una buena situación social ni económica y además solían estar infestados de terribles luchas políticas. Esto era caldo de cultivo para huelgas, inestabilidad social, episodios violentos, revoluciones internas, guerras civiles más o menos encubiertas, etc. Por ejemplo, la muy democrática República de Weimar de Alemania (1919-1933) fue un régimen condenado por las inacabables luchas políticas internas, la presión de los revolucionarios comunistas, la inflación galopante, la exigencia de pagos a los vencedores de la guerra, el escaso o nulo acceso al crédito internacional, la pobreza y falta de trabajo de buena parte de la población, etc. Así, en medio de esta vorágine, surgió un partido radical que quería acabar con toda esa inmundicia, mostrándose como una opción nacionalista, honrada, patriótica y socialista. ¿Se imaginan cuál? Estamos hablando del NSDAP, o sea el partido nazi de Adolf Hitler, que se presentó a las elecciones democráticas desde 1924 y acabó por ganarlas en 1933, lo que les dio acceso al gobierno del país –con el respaldo mayoritario del pueblo soberano– y a todo lo que vino después, de sobras conocido.

Lo que sí podemos aportar como imagen global de esas democracias modernas es que las condiciones de vida de la gente no dependieron realmente de votar a unos u otros. Los factores que determinaban esas bonanzas o crisis –basados en manipulaciones financieras al más alto nivel– se escapaban de las esferas políticas (como sigue sucediendo actualmente). Por otro lado, las democracias se mostraron como sistemas de poder controlados por élites que seguían igual de interesadas en la guerra como medio bien lícito para conseguir sus fines. Gran Bretaña, por ejemplo, construyó su enorme imperio global a partir de guerras, invasiones y colonialismo cuando ya estaba en funcionamiento su democrático parlamento. Lo mismo se podría decir de otras potencias europeas y –cómo no– de los EEUU, que pese a presentarse como paladines de la libertad, los derechos civiles y la democracia, han emprendido numerosas guerras en nombre de los valores democráticos y han arrasado o sojuzgado países con las más infames excusas, incluyendo los episodios llamados de “falsa bandera”. Asimismo, los EE UU tienen el muy dudoso honor de haber sido el único país hasta la fecha que ha lanzado un doble ataque atómico contra civiles, en el episodio bélico más salvaje, bárbaro y genocida visto en la historia de la Humanidad.

Los fundamentos de la democracia

Las urnas, “altares de la democracia”

Llegados a este punto, sería conveniente hacer un somero análisis de en qué consiste la democracia como sistema político, sobre todo haciendo hincapié en los mecanismos de votación, participación y representación, junto con el marco legal que conforma el régimen democrático, esto es, la constitución aprobada por el propio pueblo. De esta manera, no será difícil apreciar que en realidad, bajo una gran palabrería, el ciudadano normal de cualquier país no pinta absolutamente nada por mucho que lo convoquen a votar y los políticos apelen a frases como “las urnas han hablado”, “el pueblo soberano se ha expresado” o “vamos a ejecutar el mandato popular”, etc.

Si vamos a la raíz del sistema, se supone que el pueblo –en general– puede decidir cómo se va a organizar, cómo se va a gobernar, cómo se van a gestionar los recursos, qué objetivos se van a marcar a corto, medio y largo plazo, etc. Lógicamente, esto nos recuerda a la gestión de una gran empresa, porque el estado en cierto modo es una empresa (aparte de ser una institución), y aunque no debe “dar beneficios” sí debe responder a la gestión del bien común. Por supuesto, en una empresa no se da la capacidad de decisión a quien no está capacitado para ello, por muy buenas intenciones que tenga. Del mismo modo, los estados son estructuras complejísimas que conviven con otras estructuras semejantes, más otros poderes externos de todo tipo que influyen en la vida de las personas.

Por todo ello, que la totalidad de la ciudadanía opine y tenga (teóricamente) la decisión sobre los elementos que hemos citado es absurdo. Ya no estamos hablando de personas con baja capacidad, pocos estudios o falta de criterio; es que la práctica totalidad de la sociedad –incluidas personas inteligentes, brillantes y con estudios superiores– no sabe de verdad cómo funciona la maquinaria estatal o supraestatal. Así, el escritor George Bernard Shaw se permitió ironizar sobre esta situación diciendo que: “La democracia sustituye con la elección por la mayoría de incompetentes al nombramiento por la minoría de corruptos.” E incluso un estadista de gran renombre como el propio Winston Churchill –que reconocía abiertamente que la democracia era el menos malo de los sistemas políticos– llegó a decir en tono de broma que el mejor argumento contra la democracia era mantener una conversación de cinco minutos con un votante medio.

En fin, no es cuestión ahora de menospreciar a nadie, pero está claro que la población en su conjunto se comporta como un gran rebaño desorientado que sólo quiere comer bien y vivir en paz, y vota en función de lo que los políticos les prometen en ese sentido: que van a cambiar la sociedad, que van a crear más puestos de trabajo, que van a dar subvenciones para esto y lo otro, que favorecerán la creación de empresas, que van a construir más hospitales, etc., etc. Luego, por supuesto, son esos políticos los que tienen la sartén por el mango y los que hacen y deshacen. Además, desde el poder siempre se ha insistido en que la gestión de los asuntos públicos sin intermediarios sería imposible, utópica y de dudosa eficacia[8], lo que obliga forzosamente a instaurar un sistema representativo.

Ahora bien, si una comunidad (de un barrio, pueblo, ciudad o comarca) llegara a ponerse de acuerdo para discutir ciertos temas y someterlos a votación sin que mediase la participación de la administración y/o de los partidos políticos, entonces dicha democracia espontánea ya no sería válida, al no estar refrendada por los poderes establecidos democráticamente. Se consideraría en todo caso un acto simbólico, no vinculante, sin ningún valor legal, por no decir una mera pantomima…

Los “intermediarios del pueblo”

Aquí entramos en el tema crucial de la representación democrática. ¿Quién representa a los ciudadanos?, ¿Cómo tiene lugar esa representación?, ¿De dónde salen esos “representantes”? Por supuesto, todas estas cuestiones van a parar a los consabidos partidos políticos. Así, dado que la reunión de todos es inviable y que poner de acuerdo a muchos millones de personas es una quimera, se instauró un sistema representativo, que se remite a las antiguas “facciones” de Grecia y Roma que ya hemos citado. Por cierto, sería muy interesante aquí dilucidar de dónde surgieron los partidos. ¿Del propio pueblo? No, desde luego. Los partidos son entelequias creadas por los poderosos para que el ganado vea una cierta diversidad de opiniones y escoja, del mismo modo que un cliente va a una zapatería y el dependiente le saca cuatro o cinco pares de zapatos. “Esto es lo que tenemos, escoja usted.”

Todos detrás de una pancarta… prefabricada

Si uno estudia el origen de los partidos (en todo el mundo), se encontrará que en casi todos los casos los partidos fueron creados –y luego gestionados– por intelectuales, políticos, activistas, militares, burgueses, aristócratas reconvertidos al liberalismo, etc. Estas facciones cubren todos los espectros del pensamiento político (izquierda, centro, derecha) y todo tipo de sensibilidades colaterales (nacionalistas, liberales, radicales, ecologistas, fundamentalistas, etc.). El objetivo es que todo el mundo se adscriba a una corriente de pensamiento, que no sale de la propia persona, sino que está prefabricada y vendida día sí y día también para que todo el mundo sepa a qué atenerse. Sí que es cierto que unos pocos ciudadanos pueden formar un partido “independiente” y presentarse a las elecciones, pero con nulas posibilidades de obtener representación en un parlamento, pues si no tienen detrás a “alguien” que les apoye convenientemente (con dinero y una fuerte campaña de visibilidad), no saldrán del anonimato.

En la práctica, el sistema de partidos es un casino donde todas las cartas están marcadas y los resultados bajo control. Para ello, además, se favorece el bipartidismo –o la formación de dos grandes alianzas o bloques– mediante los propios mecanismos institucionales y también con una notable manipulación de las mentes para dar a entender que, en el fondo, no hay más que dos alternativas (los tirios y troyanos de toda la vida). Así pues, el bipartidismo consigue reducir las opciones a los votantes y simplifica al máximo el sistema electoral y representativo.

Por otra parte, es bastante evidente que dentro de los propios partidos no hay verdadera democracia sino un marasmo de órganos de gobierno, ejecutivas, comités, comisiones, asambleas, etc. que no esconden la existencia de una línea directiva –que nunca sale al primer plano– que manda y ordena y pone a todo el mundo en su sitio. Puede, desde luego, haber cierto debate interno y disensiones, pero a la hora de mostrarse a la sociedad y ejercer su papel en el parlamento se impone el monolitismo. El diputado electo (por una circunscripción concreta[9]) se debe a su partido y a nadie más, vota lo que le dicen y su conciencia queda aparcada en algún remoto lugar. Además, las listas electorales de los partidos, como es bien sabido, son cerradas, como casi todo lo que se ofrece en política. Otro tema sería averiguar cómo ciertas personas llegan a ser líderes de sus partidos, pero esto nos llevaría a terrenos más oscuros y complicados.

De aquí saltamos al juego del parlamento y de los métodos de representación “aceptados”, que teóricamente deberían respetar el valor equivalente de cada voto y el principio de la proporcionalidad. Pero ya hemos visto que desde tiempos de los romanos los sistemas de votación y su traslación a una cámara o institución estaban enfocados a ofrecer ciertos resultados, los deseados obviamente por la élite dirigente. Dicho de otro modo, la dispersión del voto y de los representantes crea un indeseable efecto de atomización de grupos y la consiguiente dificultad de acuerdo (¿a qué me recuerda esto?). Por lo tanto, si interesa crear crisis e incertidumbre se añaden más partidos a la receta; si interesa el sosiego y la continuidad, se dejan pocos partidos en liza. Además, los poderosos ya se preocupan de centrar la atención de los ciudadanos en ciertos partidos y favorecer la imagen pública de unos u otros para inclinar sutilmente las intenciones de voto. Y aquí llegamos a las campañas electorales y la captación de los votantes.

El espectáculo y las grandes palabras

Movimiento “15-M”

Si uno estudia cómo son las campañas electorales, se dará cuenta de que es una gran operación de marketing en la que todo está calculado, fijado y medido por el sistema. Nadie verá en la televisión, ni en los medios ni en las calles, otras opciones que no sean “las que corresponden”. Y cuando de repente sale una novísima alternativa como una seta, de la nada, y se instaura cada día en los medios de comunicación y se mete en nuestra casa como si fuera de toda la vida… es que no era tan “popular” ni tan “espontánea”[10]Todo el mundo tiene en mente de qué clase de partido estaríamos hablando…

Y lo que no deja de ser asombroso es lo pobrísimo que suele ser su argumentario: algunas ideas clave, fáciles eslóganes[11], populismo, demagogia, obviedades, vaguedades y grandilocuencia. En general, en el discurso se suele apelar a los grandes artificios (servicios) del estado y de la sociedad moderna: la educación, la sanidad, las infraestructuras, las pensiones, etc., aunque en el fondo se pretende llegar al terreno de las emociones y de los miedos atávicos, o hasta al patriotismo[12], sin que falte nunca el ataque frontal al adversario, entendido como la raíz de todos los males del país. Sea como fuere, al final se consigue el objetivo: que las masas voten mayoritariamente a los partidos insignia y poco más. El sistema ya está, pues, legitimado.

Aquí lamentablemente volveríamos a mencionar el tema de un electorado ignorante y dócil, que responde a los estímulos lanzados por los partidos hacia los grupos sociales adscritos a una u otra tendencia política, lo que podría calificarse de “clientelismo”. De hecho, no hay más que ver los mítines para ver que son los propios “clientes” (esto es, los ya convencidos) los que acuden; en realidad todo es como una fiesta, un show, una ceremonia si se quiere, en la que uno habla y unas decenas o centenares de personas aplauden y agitan banderas. Y aunque algunos “clientes” cambien de “tienda” (cosa posible y frecuente hasta cierto punto), nada cambiará en el fondo porque todas las “tiendas”, que lógicamente ostentan distintas marcas, son en realidad propiedad de un mismo “grupo”… Todo ello por no hablar de la cantidad de votantes que se inclinan simplemente por el candidato más guapo, el más simpático, el que habla mejor o el que asegura el cobro de las prestaciones o subsidios. O por no citar a los pobres ancianos a los que llevan a un mitin en autocar y se les premia con un bocadillo… y acaban votando según los mismos principios caciquiles de hace un siglo. ¿Y cuántos votantes serían capaces de describir al menos someramente el programa completo del partido político al que han votado? Mejor no saberlo…

Sistemas y resultados para todos los gustos

Después aparecen en escena los mecanismos de asignación de representantes (o escaños en un parlamento), que en vez de ser universales resultan estar muy bien adaptados a las singularidades de cada país. Por consiguiente no hay un sistema democrático universal, sino muchos, y tampoco importa demasiado si la abstención es muy alta, porque cualquier porcentaje –a menos que sea bajísimo– legitima a los que resultan elegidos. Sin ir más lejos, en los EEUU hay que estar inscrito para poder votar, y a la hora de la verdad la abstención es muy alta, alcanzando a veces a la mitad del censo electoral ¡en el país más democrático del mundo! Además, EEUU es un régimen presidencialista en que el presidente es escogido indirectamente por el voto popular y luego mantiene amplios poderes legislativos y ejecutivos, sin que tenga que responder de sus actos y decisiones ante la cámara de representantes (votada por la población). Y por si fuera poco, el extraño modelo americano permite que el partido que gana las elecciones en un estado –aunque sea por una sola papeleta– se lleve todos los votos electorales, barriendo así cualquier clase de proporcionalidad o representaciones minoritarias. De esta manera, se puede crear la paradoja de que el presidente de los EEUU no sea el candidato más votado por el pueblo, como sucedió con George W. Bush en 2000.

Pero lo que realmente llama la atención es que la supuesta proporcionalidad no es tal, sino que viene corregida para favorecer a los más votados, como ocurre cuando se aplica la famosa Ley d’Hondt, como en el caso de España. Y luego tenemos el escándalo de que los votos tampoco valen igual, porque las circunscripciones asignan cierto número de diputados por territorio (provincia en el caso español), y así un voto urbano de una región muy poblada puede valer mucho menos que otro voto rural. Es lo que coloquialmente se expresa diciendo que un diputado en tal provincia “cuesta” muchos menos votos que en otra. El sistema es perverso en sí mismo, pero todavía es más evidente cuando vemos que aplicando distintos mecanismos de representación se obtendrían resultados muy dispares, lo que pone bien de manifiesto que el voto de los ciudadanos “da mucho juego”.

Veamos el caso de España y las últimas elecciones del pasado verano de 2016, que más o menos repitieron los resultados de las fracasadas elecciones del 20 de diciembre de 2015. Con la circunscripción actual, que es por provincias, el PP ganó los comicios con 137 escaños pero se quedó lejos de la mayoría absoluta. El PSOE logró 85 escaños; Unidos Podemos, 71; Ciudadanos, 32; y ya el siguiente grupo, ERC, sólo 9 (¡pero presentándose exclusivamente en una de las 17 autonomías del estado!). No obstante, si la circunscripción fuese por autonomías, el PP hubiera bajado de forma notable (125 escaños) y Ciudadanos hubiera recogido esa pérdida (43 escaños). Pero lo más flagrante es que con circunscripción única estatal el PP hubiera seguido bajando hasta los 119, y Ciudadanos subiendo hasta los 47, con PSOE y Podemos con resultados semejantes a los obtenidos el 26-J, un poco mejores para estos últimos.

Resultados dispares según los métodos de representación. (La línea roja indica la mayoría absoluta)

Sin embargo, si aplicásemos otros modelos igualmente democráticos de otros países para los 350 escaños del parlamento de España, las sorpresas serían enormes. Con el método alemán, el resultado de PP y PSOE no cambiaría apenas, pero Podemos y Ciudadanos subirían mucho (82 y 51 escaños totales respectivamente) gracias a que el resto de partidos menos votados desaparecían del parlamento. Y si se emplease el modelo italiano, el PP tendría mayoría absoluta ¡con 193 escaños! A su vez, los partidos nacionalistas, regionalistas o minoritarios (actualmente con 25 escaños entre todos) tampoco pisarían el parlamento. Finalmente, el modelo americano presidencialista daría como resultado un parlamento muy distinto del que conocemos: El PP tendría nada menos que 263 escaños, Podemos 55 y el PSOE se quedaría sólo con 22, y a no mucha distancia estaría ERC con 10. Y no habría nadie más en las Cortes; véase que Ciudadanos desaparecería por completo del mapa. Y por cierto, en el Senado, segunda cámara de representación popular (de dudosa –por no decir nula– utilidad, aparte de ser un cómodo retiro para algunos veteranos políticos), el PP sí goza de una cómoda mayoría por el muy particular sistema de elección de los senadores. Sin comentarios.

Y por supuesto, luego tenemos la trastienda más oscura de la democracia, que es la corrupción del sistema en forma de manipulación de los resultados electorales, lo que comúnmente se denomina “pucherazo” o “tongo”. Tradicionalmente, dichas maniobras para modificar dolosamente los resultados de las urnas se habían atribuido a regímenes autoritarios que tiraban del plebiscito y la consulta popular para legitimarse en el poder, con resultados que rozaban el 100% para la propuesta gubernamental. Sin embargo, en todo el siglo XX y en muchos países (sobre todo del Tercer Mundo), ha habido fundadas sospechas de pucherazo a partir de todo tipo de maniobras fraudulentas o caciquiles en el proceso de votación o bien trampas realizadas durante o después del recuento de votos. Pero incluso los países más “serios” y “civilizados” no están exentos de este tipo de prácticas. Así, en las citadas elecciones españolas de verano de 2016, corrieron sospechas de que se había producido un sutil tongo informático –muy difícilmente detectable– para manipular los resultados finales de la coalición Unidos Podemos, que sacó muchos menos votos que en las elecciones anteriores, pese a sumar en teoría los votos de dos formaciones[13].

Mayorías, minorías y apaños

Pero los vicios del sistema relacionados con las matemáticas, los escaños, las mayorías y minorías van más allá, y esto ocurre a todos los niveles, tanto en ayuntamientos como en regiones o estados. La democracia impone por definición el gobierno de una mayoría sobre una minoría, lo que puede convertirse en una “tiranía de la mayoría”, como ya decían los propios filósofos de la Grecia antigua. En efecto, la opción mayoritaria puede tener la tentación de convertirse en la única “voz de todo el pueblo” aunque en la práctica no intente ni pretenda satisfacer a todos, incluso cuando la minoría casi represente el 50% de la población[14]. Lo cierto es que los partidos se formaron como agrupaciones que teóricamente pretendían dar respuestas a toda la población, pero no por nada se llaman precisamente “partidos”, esto es, partes, facciones que responden a una cierta visión ideológica de la sociedad, que choca frontalmente con la de otros “partidos”. Entonces, en vez de construir entre todos por el bien común, cada una desde sus posiciones, se dedican justamente al “partidismo”, esto es, a alcanzar cuotas de poder, a dividir, a crear oposiciones y desencuentros. En suma, es la vieja táctica del “divide y vencerás”, que se ocupa de que la gente nunca esté unida sino separada en ideologías, naciones, valores, intereses, etc.

Y después ya sería muy fatigoso hablar de aquellas típicas situaciones de mercadeo, trapicheo y revanchismo en que las opciones más votadas se van al garete porque todas las demás fuerzas se alían contra ésta para sacarla del poder. E incluso, a veces, una gran mayoría suele estar en manos de una opción minoritaria –frecuentemente de una ideología bastante dispar y hasta casi contraria– que dan la suma justa para poder gobernar, lo que de hecho crea gobiernos cautivosdel capricho o decisión de unos pocos parlamentarios que han sido votados por una ínfima parte del electorado. Es decir, por un lado, las mayorías absolutas crean “rodillos de poder” que actúan por su cuenta y no escuchan lo que tienen que decir los demás. Por otro lado, las minorías que se presentan y ganan unos escaños decisivos pueden girar la tortilla hasta donde ellos quieran o forzar acuerdos más bien frágiles (y bastante incomprensibles para muchos ciudadanos). Y qué decir de aquellos supuestos “anti-sistema” que se presentan a las elecciones, obtienen representación, cobran sus buenos sueldos y empiezan a hablar como la gente a la que criticaban sólo un día antes… Y, por cierto, tampoco resulta muy edificante la pugna subterránea –o reparto– de puestos y cargos públicos entre varias formaciones políticas, tras las aparentes discusiones por la aplicación de los respectivos programas[15].

Constituciones y leyes para dejar todo atado

Constitución de los Estados Unidos de América

En cuanto al marco institucional y legal de la democracia, éste viene presidido por la existencia de una constitución, entendida como un acuerdo general –compartido por todos los ciudadanos– que define y asienta las bases del régimen democrático de un país, regulando su funcionamiento político, económico y social. Además, ejerce el inestimable papel de “ley de leyes”, con lo cual todo el aparato legal se debe ajustar a los principios y normas constitucionales. Lo que ocurre luego es que, aunque los ciudadanos sean llamados a refrendar la constitución con su voto, los que la discuten, elaboran y redactan son los partidos políticos y los “hombres de estado”. De ahí que –si vamos un poco al fondo– quede patente que las constituciones sirven para entronizar el poder del estado, con sus múltiples resortes, como supuesto mecanismo al servicio del pueblo. Por lo demás, todo lo que queda fuera de ella es ilegal o alegal.

En la práctica, las constituciones –aparte de sus formalismos y grandes proclamas– no sirven al ciudadano, sino que lo encajan en un aparato construido por el poder, sin que éste pueda usarlo para cambiar la realidad que lo envuelve, al comprobar que cualquier constitución funciona como una declaración de buenas intenciones que no tiene por qué cumplirse en la realidad y que incluso puede ser interpretada a gusto del exégeta de turno. De hecho, son los partidos y las instituciones los que apelan a la constitución o acuden al tribunal constitucional para dirimir sus disputas.

Al ciudadano le queda muy lejos el paraguas constitucional, y así, aun cuando el texto constitucional diga –por ejemplo– que “todo ciudadano tiene derecho a una vivienda digna”, de bien poco le servirá ante la implacable realidad socio-económica del sistema, en la que se mueven cómodamente las hipotecas, los abusos bancarios, las especulaciones, las corruptelas o las burbujas inmobiliarias. En efecto, no cabe esperar que el estado se meta en un negocio que no es el suyo. El estado básicamente recauda dinero, impone normas y procura que la población esté bien controlada (perdón, quise decir “atendida”). Que haya amplias regulaciones y directrices sobre cómo moverse y actuar en una cárcel no significa que el edificio donde estamos deje de ser una cárcel.

Lamentablemente, vemos que las leyes democráticas no son en el fondo tan distintas de las de los estados totalitarios, pues responden a la conveniencia de los poderosos, a los cuales protegen y exculpan. Así, no es difícil apreciar que la ley –en la práctica– no es igual para todos, aunque de vez en cuando algún gran personaje sea enviado a prisión para demostrar que el sistema funciona[16]. Pero para gran parte de la población, la ley es papel mojado, injusta, interpretable o arbitraria, o terriblemente lenta e ineficaz. De hecho, hace ya años, un veterano abogado, reviviendo la experiencia de su larga carrera profesional, me confesaba que en un mundo de poderosos y débiles, aun conviviendo en un régimen democrático, no hay verdadera justicia ni puede haberla, por muchas leyes que haya.

Y, en fin, la cruda verdad es que el ciudadano de a pie no redacta las constituciones ni legisla. Nunca en la historia el pueblo llano ha escrito una ley, en ningún país civilizado, desde el tiempo de los faraones de Egipto. La ley y las medidas políticas, económicas, financieras, sociales, etc. son dictadas por el gobierno, que debe tener el respaldo del parlamento, que a su vez está basado en los partidos, pero… ¿quién esta detrás de los partidos o los grupos de poder? Esta es la pregunta del millón.

¿Sirve realmente de algo?

Todo lo dicho hasta ahora ya debería provocar más de una seria reflexión, pero si nos vamos al fondo real de la cuestión, que sería el ejercicio del poder democrático, es cuando la situación se hace verdaderamente dramática. Lo que cuesta muy poco ver es que una vez realizadas las elecciones, formados los gobiernos y emprendidos los programas prometidos, el ciudadano desaparece del mapa para no reaparecer hasta las siguientes elecciones. Realmente, la acción ciudadana –aparte de poder ejercer cierto pataleo en la calle– es meramente testimonial, y al mismo tiempo del todo pasiva: vota a unos ciertos partidos (cerrados) que le han puesto frente a él y a unos programas (cerrados) que le han vendido, y no hay mucho más que contar. Y luego, todos a votar con ilusión… la fiesta de la democracia, la llaman.

En el teatro democrático casi todo es posible y así pues no es insólito que nadie pida cuentas a los políticos por no cumplir sus promesas electorales o que no sufran más castigo que no ser votados en las siguientes elecciones. Los partidos pueden prometer lo que quieran porque no va a pasar nada si luego las cosas van por otros derroteros. Un partido puede decir antes de las elecciones que de ninguna manera va a subir los impuestos y luego subirlos a los dos días “porque las circunstancias así lo exigían”. La gente ya se ha acostumbrado a esto y de alguna forma asume, consciente o inconscientemente, que existe una gran maquinaria mundial a la que su gobierno debe ajustarse. Por lo tanto, los políticos prometerán –y darán luego si procede– lo que están capacitados para dar, pero no más allá.

¿Y todo esto por qué? Porque los políticos de cualquier país democrático –que han sido elegidos en calidad de representantes por los ciudadanos– NO tienen realmente poder para cambiar la sociedad, el sistema, el mundo. Por ejemplo, no pueden tocar ni una sola coma del sistema financiero mundial ni del sistema tributario, que son máquinas delictivas de explotación y depredación de las personas a partir del falso dinero-deuda impulsado ya hace siglos por la oligarquía banquera[17]. Tampoco pueden cambiar el modelo sanitario o de salud (que en realidad es de enfermedad), pues existen normativas mundiales que se aplican en prácticamente todos los estados del mundo. ¿Sabía el lector que por la Declaración de Alma Ata (1977), dictada por la OMS, se definen todos los criterios y protocolos globales de la práctica médica y sanitaria? Los gobiernos nacionales realmente no tienen potestad alguna para modificar esta materia, aunque puedan “abrir” o “cerrar” hospitales; todo está en manos de un intangible gobierno mundial (no votado por nadie), que decide “qué es lo mejor para la salud pública”. Para más ejemplos, véase que la producción y comercialización de los alimentos más básicos en todo el mundo depende de una única bolsa o mercado mundial en el que reina la pura especulación y el beneficio económico, sin que ningún estado o gobierno, de cualquier signo, pueda hacer nada al respecto. Bueno, para ser precisos no es que los gobiernos no puedan cambiar las cosas; es que no quieren cambiarlas, porque ese es el mandato de los de arriba.

Y si uno va profundizando en esta dinámica, verá que hay una pirámide de cesión de soberanía, por la cual las decisiones clave se toman en niveles cada vez más altos e indefinidos, en los cuales o bien no hay control democrático o bien las votaciones populares son meros formalismos. Por tanto, no es arriesgado afirmar que los gobiernos de los estados funcionan como meras correas de transmisión o sucursales de un poder centralizado global y que nunca han respondido al interés de los ciudadanos (tengan o no derecho a votar) sino a una minoría en la sombra que es la que tiene realmente el poder aquí, en Paraguay y en la China Popular, y que le da igual que haya una democracia o una dictadura de izquierdas o derechas, o una república o una monarquía. En efecto, esta élite ejerce su dominio desde todo tipo de sistemas políticos, y desde luego no se somete a ningún tipo de control ni de elección. Basta estudiar un poco de historia para comprobar cuál es el origen de los estados y de los códigos legales: fueron creados como estructuras de poder al servicio de una selecta minoría y han seguido manteniendo esta función hasta la actualidad, aparte de ejercer de valiosos instrumentos de refuerzo de la identidad y separación entre las comunidades.

El parlamento europeo (Estrasburgo)

Este poder omnímodo aparece ante de los ciudadanos de múltiples formas, sin que los ciudadanos aprecien que se trata de los varios tentáculos de un mismo pulpo. Así pues, ¿cuántas veces vemos que el gobierno de un país, votado democráticamente, ha de bajar la cabeza y cumplir ciertos ordenamientos externos que más parecen designios divinos? Véase, por ejemplo, que los ciudadanos han de aceptar –directa o indirectamente– lo que les venga de entidades tan etéreas como Bruselas, la Troika, el Fondo Monetario Internacional, El Banco Central Europeo, los “mercados”, las Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud, la Comunidad Internacional, la OCDE, la agencia de calificación Moody’s, y un largo etcétera. O sea, si “Bruselas” dice que va a multar a “España” por esto o por lo otro, nadie parece decir nada. Pero… ¿quién es realmente “Bruselas”? ¿Y quién es “España”? ¿Alguien de este país ha dado permiso a su gobierno para endeudarse hasta las cejas y más? ¿Quién paga por los excesos, las malas prácticas y la mala gestión? ¿Quién paga por un sistema bancario en quiebra y luego rescatado con fondos públicos? Pues claro, los de siempre.

Efectivamente, las personas pueden votar lo que quieran (o mejor dicho, lo que les han permitido que voten), que quienes suben al poder ya se ocupan de atender a los que están arriba –los que realmente les han puesto allí– y de aplicar las directrices dadas en cada momento, como se pudo ver en el caso reciente de Grecia y su impotencia para llevar a cabo una política “soberana”. Pero hasta el más alto representante del pueblo, incluso si hablamos de una de las personas más poderosas del mundo –teóricamente– como el presidente de los EE UU, es una simple marioneta de ese poder. Así, cuando algún máximo dirigente se sale del guión acaba mal, como le sucedió a John F. Kennedy, presidente de los EEUU entre 1960 y 1963, que fue asesinado poco después de atreverse a poner en circulación dinero gubernamental libre de intereses (o sea, dólares no emitidos por la Reserva Federal).

Esta es la prueba más clara de que existe una prepotencia completa de ciertos poderes globales ajenos al ciudadano y que funcionan desde un discreto segundo plano, en forma de honorables instituciones poco conocidas que parecen ser más bien una reunión de distinguidos amigos que charlan sobre diversos asuntos de actualidad. Pero varios investigadores independientes llevan años estudiando este tipo de organizaciones y asambleas privadas, como el opaco Club Bilderberg, y han visto que allí unos pocos oligarcas internacionales deciden qué se va a hacer con el mundo en los próximos 5, 10 ó 20 años, en el terreno político, social, económico y financiero. Allí es donde se diseñan las políticas globales y se eligen de verdad a los líderes políticos, a futuros presidentes y ministros, directores de grandes instituciones, etc. Luego, en muchos casos, estos nombres salen en el menú ofrecido a la población y resultan ser elegidos… ¡qué casualidad![18]

Basta con mantener el control de las mentes

Para ir concluyendo, podemos ver que el ciudadano está aprisionado en un modelo que han hecho para él y en el que cree tener una cierta soberanía y libertad para decidir. Pero en realidad, todo está cerrado y condicionado a unas directrices que vienen “de arriba”, en las cuales el derecho a voto no modifica unos grandes planes que no admiten discusión. Por lo tanto, la democracia como sistema es un puro teatro mucho más elaborado que otros sistemas anteriores, pero que se fundamenta en el mismo principio: el control mental de las masas para llevarlas al terreno deseado. Sólo así se puede explicar que, por ejemplo, un pueblo tan civilizado como el alemán de mediados del pasado siglo decidiera votar mayoritariamente a una opción totalitaria y racista como fue el nazismo. A la gente se la convenció de que la democracia era corrupta y no valía para nada y que la dignidad y la prosperidad del país pasaban por la adscripción a un líder carismático y a una ideología radical. Por cierto, ¿alguien recuerda ahora lo bien que se vendieron a la población española las maravillas de la Unión Europea y del euro? Ahora quien se declara anti-europeísta es poco menos que un neandertal, un ignorante y un mal ciudadano, aunque de “Bruselas” sigan lloviendo las directrices, imposiciones, recortes, multas, amenazas, etc.

En suma, en un mundo ideal (por no decir utópico), con gente buena, honesta y realmente entregada al bien común, podría existir algo parecido a la “democracia”, pero lamentablemente –en el mundo en que vivimos– la casa se ha empezado por el tejado. Mientras la mente individual y colectiva siga atrapada en el interés, el miedo, la posesión, la falsa identidad, la separación y el apego al materialismo, poca cosa se puede esperar. No se trata de hacer revoluciones –que no han servido para nada, pues nada ha cambiado en el fondo– sino de evolucionar en términos de conciencia y, llegado el caso en un hipotético futuro, a las personas quizá no les importará para nada el sistema político, económico o social, porque no lo necesitarán en absoluto. Tal vez vivirán como en un remoto y mítico pasado, la Edad de Oro, en el que no existía la democracia pero sí la armonía.

© Xavier Bartlett 2016

Nota: que conste que quien esto escribe creyó durante muchos años en la democracia, en los partidos políticos e incluso en algunos líderes, y que ejerció su derecho al voto. Y también, a pesar de todo, reconozco que actualmente muchas personas que se presentan a cargos públicos (sobre todo en ayuntamientos) son gente trabajadora, honrada y de buena fe, y que hacen lo que pueden por el bienestar colectivo, dentro -claro está- de los márgenes del sistema.

Fuente imágenes: Wikimedia Commons


[1] Según las estimaciones realizadas, la cantidad de personas que participaban –y votaban– en la ecclesia (asamblea popular) no superaba el 10% de la población, excluidas las mujeres, esclavos y residentes.

[2] Cabe señalar que algunos cargos se desempeñaban por sorteo y no por votación o designación.

[3] Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Curia

[4] Que actualmente vendría a ser “trabajo y fútbol”.

[5] De hecho, Inglaterra sufrió una guerra entre el rey y los parlamentaristas que desembocó en la creación de una monarquía constitucional, que limitaba los poderes reales, No obstante, el pueblo llano británico contaba muy poco y fue seguidista de unos u otros.

[6] Ténganse en cuenta las devastadoras guerras napoleónicas realizadas en nombre de la difusión de la revolución y las múltiples guerras desatadas como consecuencia de las revoluciones liberales.

[7] No hay que olvidar que durante el siglo XIX y los inicios del XX la clase obrera padeció unas condiciones de trabajo extenuantes y esclavizadoras, que fueron resueltas por el sistema con la entrada de los partidos socialistas en la política y la introducción de medidas sociales y mejoras laborales. En Rusia, en cambio, donde no había un verdadero liberalismo, la revolución proletaria se llevó por delante el antiguo régimen zarista feudal y la naciente etapa propiamente democrática, que apenas duró unos meses.

[8] Véase que los partidos llamados “asamblearios” son muy criticados porque la toma de decisiones se hace con la presencia de todos los militantes y con opiniones encontradas, que además pueden cambiar de un día para otro o pueden desautorizar a los líderes. En el fondo, claro está, los líderes ya se preocupan de dirigir a la asamblea hacia unas determinadas ideas o propuestas para evitar el caos.

[9] Y muchas veces se da el caso de que algunos diputados no han vivido nunca en la circunscripción por la que se presentan. El partido los pone allí para asegurar –más o menos– que obtengan el apetecido escaño.

[10] Véase como ejemplo un interesante documento en laverdadocultablog.wordpress.com sobre el origen del movimiento 15-M y del partido Podemos.

[11] Por ejemplo el del “cambio”, ahora tan repetido, es realmente viejo, porque ya triunfó en 1982 con el PSOE. Esto muestra que al ciudadano medio se le puede colocar cualquier cosa con cuatro palabras manidas y un tono solemne.

[12] Al respecto, en una memorable frase de la película Senderos de gloria, un coronel francés le dice a su superior que “el patriotismo es el último refugio de los canallas”.

[13] Además, en este caso se dio el típico descalabro de las “científicas” encuestas electorales, que se alejaron mucho (más allá de los márgenes de error) del resultado “real” de las urnas de esta coalición, cosa que nadie ha explicado aún, empezando por los propios expertos en estudios demoscópicos.

[14] Esta situación es bien visible en el actual escenario político catalán, en que el sistema electoral ha permitido tener más escaños que votos independistas, y entonces la mayoría decide echarse al monte y prescindir del resto de fuerzas políticas y de la población que no concuerda con la ideología imperante. Magnífico ejemplo de “democracia”.

[15] En una ocasión salió a la luz una conversación privada sobre este mercadeo de sillas y prebendas tras unas elecciones autonómicas en España, lo que causó un cierto revuelo por la desfachatez e hipocresía desplegada por las formaciones políticas implicadas.

[16] Lógicamente, hay grandes empresarios o a políticos de alto nivel que pueden ser juzgados e incluso ir a la cárcel, pero no son los poderosos de verdad.

[17] Sobre este punto es bien conocida la frase de Mayer Amshel Rothschild, el fundador de la dinastía de banqueros Rothschild, que dijo literalmente: “Dadme el control sobre la moneda de una nación, y no tendré porqué preocuparme de aquellos que hacen las leyes.”

[18] Hasta el propio Franklin D. Roosevelt, presidente de los EE UU a mediados del siglo XX, llegó a decir: “Los presidentes son selectos [seleccionados], no electos.”

Aviso: la responsabilidad del contenido de esta entrada es pura y únicamente competente a su autor.

Os habéis equivocado de independencia

Este blog (Somnium Dei) tiene por costumbre no meterse en política, pues ya hay mucha gente que se dedica a ello y que está en todas partes, en las redes sociales y los medios de comunicación. Es un terreno falso, movedizo y siniestro en el que reina la división y el enfrentamiento. Sin embargo, como sí tengo por misión hablar de la realidad y la conciencia, a veces me es inevitable bajar a los infiernos de este inframundo político, básicamente para despertar a los incautos y para descorrer algún tupido velo.

Manifestación de la Diada de Cataluña (Paseo de San Juan, Barcelona). Ni una sola bandera “tradicional”; sólo hay lugar para las “estrelladas”.

Así pues, me referiré a la candente cuestión catalana que ahora mismo tiene en vilo a mucha gente, tanto en Cataluña como fuera de ella. Y soy bien consciente de que este artículo lo van a leer cuatro gatos, quizá tres, pero vale la pena dejar por escrito que la verdad no reside en un lado ni en otro (como nos quieren hacer creer), sino en otro lugar que no es que sea equidistante, sino que más bien está en otra esfera. Espero pues que quede claro que no defiendo ni a unos ni a otros, ya que no participo en el juego de las trincheras.

En primer lugar, como ya expuse en el artículo sobre La farsa de la democracia, debo estropear las ilusiones de mucha gente. Lo siento, pero es así. Hasta Franco hacía referéndums, que desde luego tenía muy bien atados. A la gente se le permite votar lo que ya se ha preparado y diseñado para ser votado con las opciones convenientes, nada más. El sistema está cerrado absolutamente y los mecanismos del poder corren muy por encima de lo que la gente pueda decir en la calle o en las urnas. Luego, algunos nos vienen con el imperio de la ley y otras zarandajas, que es más de lo mismo. Esto se puede hacer pero aquello no, y si quieres ir a lo tuyo y saltarte las autoridades, te espera la persecución, la amenaza, el castigo, la represión. Es lo que nos han impuesto, desde el tiempo de los reyes sumerios -nada menos- en todos los países y culturas; en todas las épocas; en todo tipo de regímenes políticos (repúblicas, monarquías, dictaduras…). La ley es la conveniencia del poderoso; no libera, esclaviza.

Por otro lado, tener un “nuevo estado” es cambiar de celda dentro de una misma prisión. Presentar una situación de independencia como algo que conducirá directamente al paraíso, la libertad, la abundancia, la justicia, etc. es simplemente una mentira y una falacia [1]. Que se lo pregunten a los países africanos que salieron de la colonización europea hace unas décadas y alcanzaron su deseada independencia. ¿Acaso la población está mejor? ¿No hay ahora más hambruna, corrupción, miseria, enfermedad? Por no hablar de las múltiples y sangrientas guerras locales… Y entretanto las grandes potencias han seguido mandando allí gracias a la influencia de su enorme poder económico y financiero.

Hay que asumirlo. Los estados o las instituciones no nos pertenecen. Los ciudadanos de España, los de Paraguay, los de Egipto o los de China Popular (parafraseando al bueno de Carod-Rovira) no son “independientes”. Si Cataluña se independiza, el estado catalán servirá a sus amos, no a las personas. Los estados son meras sucursales de un poder global político-económico que existe desde hace milenios y que vive de la separación e individualismo de los pueblos. Fronteras, leyes, constituciones, policías, ejércitos, himnos, banderas, etc.: todo esto es puro teatro. No manda Trump en EEUU, no manda Putin en Rusia, no manda Merkel en Alemania, no manda Rajoy en España… ni mandará, en su caso, Puigdemont en Cataluña. Ellos sólo son figurantes que obedecen las órdenes de sus superiores. Es así; la democracia, entendida literalmente como “poder del pueblo” nunca ha existido, y en cuanto a nuestros supuestos representantes, sólo representan a sus amos. Cuando votamos, ratificamos la validez de nuestra prisión.

Que sepan todos, sin ningún género de duda, que el camino hacia la independencia catalana no lo han creado los catalanes. Ni el gobierno catalán, ni las instituciones de la sociedad civil, ni los partidos políticos, ni los diputados [2]. Eso es lo que nos han querido hacer creer, pero no es más que conducir un rebaño al lugar deseado, así de simple. Se trata de una operación de control mental masivo bien medida y calculada y llevada a cabo con su tempo, sus argumentos, sus controversias, sus injurias, sus falacias, etc. Es la clásica historia de buenos y malos, de explotadores y víctimas, que se va escribiendo y reescribiendo a gusto del guionista de la película, en todas las épocas y rincones del planeta.

Monument a Rafael Casanova

Ahora nos ha tocado a nosotros. Desde el independentismo se ha hecho una larga lista de agravios absolutamente insoportables para los catalanes, algunos de reales y otros fingidos o tergiversados, pues la mentira y la manipulación siempre son necesarias. Véase sólo a modo de ejemplo la épica soberanista de la lucha de 1714 por las “libertades nacionales de Cataluña” -según oí literalmente en la televisión autonómica catalana- y la realidad del edicto de Rafael Casanova [3], con la ciudad a punto de caer ya en manos felipistas (esto es un documento histórico, lo demás es simple y llanamente propaganda política):

Se hace saber a todos generalmente, de parte de los tres Excelentísimos Comunes, considerando el parecer de los Señores de la Junta de Gobierno, personas asociadas, nobles, ciudadanos y oficiales de guerra, que separadamente están impidiendo que los enemigos se internen en la ciudad; atendiendo que la deplorable infelicidad de esta ciudad, en la que hoy reside la libertad de todo el Principado y de toda España, está expuesta al último extremo de someterse a una entera esclavitud. […] Se hace también saber, que siendo la esclavitud cierta y forzosa, en obligación de sus cargos, explican, declaran y protestan los presentes, y dan testimonio a las generaciones venideras, de que han ejecutado las últimas exhortaciones y esfuerzos, quejándose de todos los males, ruinas y desolaciones que sobrevengan a nuestra común y afligida Patria, y exterminio todos los honores y privilegios, quedando esclavos con los demás españoles engañados y todos en esclavitud del dominio francéspero aun así se confía, que todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados, a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey [Carlos de Austria], por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España. “[4]

Vaya, vaya… O sea que Cataluña no estaba luchando contra España, sino que el pueblo catalán luchaba por las libertades del Principado y de toda España frente el absolutismo francés, encarnado por los Borbones. Y como ya mencioné en otro artículo, numerosos voluntarios castellanos lucharon hombro con hombro con los barceloneses en la defensa de la ciudad sitiada. Esto no es exactamente lo que nos transmite la objetiva historia soberanista… Pero la realidad es que unos y otros, en cada bando, fueron engañados y llevados al trágico enfrentamiento. A unos se les dijo que la legalidad era el Borbón y a los otros que la legalidad era el archiduque de Austria. Esto bastó para mantener una larga guerra civil entre los reinos españoles, aparte de la guerra internacional.

Volviendo al presente, en esta farsa la colaboración cómplice de la otra parte es inestimable, pues ambas deben hacer el juego a la otra y favorecer la retroalimentación de las posturas extremas. Así pues, el “centralismo” o “españolismo” trabaja de lleno para el “catalanismo” o “independentismo” y viceversa, con lo que se consigue que se mantenga o crezca la espiral de separación y enfrentamiento, que es lo que en definitiva se desea desde arriba. Así, a la acción de unos le sigue la reacción de los otros y se entra en la justificación recíproca de la escalada del conflicto. Por un lado surge la rebelión (ejercida desde la unilateralidad y la “desobediencia civil”) y por otro, la represión (ejercida mediante jueces, leyes, dictados, órdenes, policía, etc.). Esto es lo que puede descolocar más de uno, pero es como ha funcionado siempre: la creación de dos bandos bien opuestos, pero que obedecen las órdenes del mismo poder único. En este sentido, ya se podrán figurar que los partidos políticos españoles y catalanes siguen el guión que se les ha escrito -del cual no se pueden desmarcar- que luego transmiten con gran elocuencia, sinceridad y aplomo a sus respectivos acólitos y creyentes.

Ahora bien, no me pregunten por qué se ha montado esta maniobra aquí y ahora, aunque es obvio que ha habido otros precedentes en Cataluña en que se ha soliviantado al pueblo catalán con apelaciones a la libertad, a la justicia, en la Casa Real (una u otra), a los Fueros, a los derechos, a la tradición, a la democracia, en la república o a otros motivos. Sólo para hacer un breve historial, nos podríamos retrotraer a la guerra civil catalana del siglo XV, la Guerra del Segadors (1640), la Guerra de Sucesión (1701-1714), las guerras carlistas del siglo XIX o finalmente la 2ª República y la guerra Civil (1931-1939). En todos estos episodios se dieron muchas desgracias y se vertió mucha sangre… pero la propia historia nos revela que la paz y la prosperidad en Cataluña no estuvieron ligadas a uno u otro régimen en particular y que incluso con “férreos centralismos” Cataluña gozó de etapas históricas de gran bienestar social y crecimiento económico, cultural, etc. En efecto, las cosas no cambiaron sustancialmente tras los conflictos, porque así ha ocurrido en todas partes a lo largo de los tiempos. Mejor dicho, a veces todo cambia (en apariencia) para que todo siga igual. En todo caso, como reconocía el presidente americano Roosevelt, cuando algo ocurre en la sociedad no es por casualidad; detrás hay un plan prefijado y una intencionalidad. Veremos dónde nos quieren llevar.

Sea como fuere, el destino final de esta situación (“independencia” o no) no está en manos ni del pueblo catalán, ni del pueblo español, ni de sus respectivos dirigentes políticos, ni del Tribunal Constitucional, ni de la Unión Europea ni de cualquier organismo internacional. Está en las manos de quienes realmente dominan el mundo, pues no es que ellos escriban la historia, es que ellos “hacen” la historia, y nosotros somos meros extras o espectadores en una farsa en la que no tenemos arte ni parte. Rectifico: en la que siempre somos las víctimas.

Y acabo dirigiéndome a mis queridos paisanos catalanes y muy en particular a los soberanistas para reconocerles que, en efecto, los catalanes no son españoles. Cierto; ni catalanes tampoco. Ni los españoles son españoles. No tratéis de comprender esto con la mente, nunca lo entenderíais. Utilizad la conciencia, no el “pensamiento racional”; todo lo que lleváis en el cerebro ya lo podéis enviar directamente a la basura. Lamento deciros que os habéis equivocado de independencia. La verdadera independencia, no ese engendro socio-político-económico materialista que nos han puesto delante de las narices, es algo bien distinto. Es una independencia que permitiría liberarnos a todas las personas de cualquier país de nuestra falsa identidad y de las cadenas que nos impone la élite global depredadora, egoica y desquiciada.

En fin, es una ardua labor. No es nada fácil ni cómoda. Pero es el camino a recorrer, y con un poco de suerte estará a la vuelta de la esquina. Y cuando completemos ese camino, ellos dejarán de tener el poder. Y no necesitaremos más prisiones, llámense estados, fronteras, leyes, constituciones, idiomas, costumbres, etc. Tarde o temprano tendremos que ver que las individualidades y particularidades, personales o comunitarias, no existen realmente; sólo forman parte de la ilusión en la que estamos inmersos. En verdad, la auténtica independencia es dependencia. ¿De qué? Lo siento, no les haré yo todo el trabajo…

© Xavier Bartlett 2017

Aviso: la responsabilidad del contenido de esta entrada es pura y únicamente competente a su autor.

EL RESULTAT DELS ATEMPTATS DE BARCELONA

Els ciutadans de Catalunya ens hem quedat totalment trasbalsats i horroritzats arran dels atemptats de Barcelona i de Cambrils. Ens sembla insòlit i terrible que el nostre país, o a Europa en general, hi puguin succeir actes tan tràgics i violents, però que tanmateix, hem normalitzat que passin en altres llocs més allunyats: l’Irak, l’Afganistant, Líbia, Palestina, l’Àfrica negra…A Síria fa tant sols uns dies que van haver-hi 60 morts en un atac contra un autocar amb nens… No som conscients que tots estem involucrats en una guerra promoguda pels interessos d’unes potències i que per aquest motiu estem tots exposats a qualsevol agressió: Són els anomanats danys col.laterals.

La memòria és feble, perquè tots hauríem de recordar que els Estats Units van finançar els talibans i així va sorgir l’extremisme islàmic. La família de Bin Laden era un gran amic i col.laborador de negocis petrolers i armamentístics de l’èlit empresarial i política dels EE.UU.

L’Any 2003, Bush, Blair i Aznar, amb el vistiplau de les grans potències econòmiques occidentals, van decidir acabar amb l’autonomia i llibertat dels països de l’Orient Mitjà per aconseguir apoderar-se del seu petroli i recursos i hi van iniciar una guerra atroç per destruir-los. El primer genocidi dels quals va començar per l’Irak

La necessitat de fer-se amb els recursos naturals del planeta, ha portat als països d’occident a una carrera desenfrenada del terror, en la qual han assassinat a milions de ciutadans, n’han obligat a exiliar-se a centenars de milers, han destruït les seves infraestructures i habitatges, han extorsionat tots els seus bens i han convertit els seus països en uns llocs impossibles de poder viure-hi. Els yihadistes no són més que una eina de control per part d’aquestes èlites, que són financiats per Els EEUU, Gran Bretanya, Aràbia Saudi, França i Israel…

Sembrar el terror a Europa és una arma de doble fil: per un costat es financien els terroristes, i per l’altra es van reduint les llibertats dels estats occidentals: Es realitza un major control, més prohibicions, augmenten les despeses armamentístiques i de repressió, s’acaba l’estat de benestar… Mentrestant, continuen bomberdejant els països àrabs provocant la misèria, el caos, la mort i l’exili de centenars de milers de persones amb un silenci còmplice dels ciutadans d’occident, que no els és possible poder sentir la mateixa empatia, indignació i terror amb aquelles “altres” víctimes tant “llunyanes” i “diferents” de les seves. El poder ha sabut deshumanitzar-les perquè nosaltres aconseguim assimilar tot aquest extermini i horror.

Si els grans poders vulguessin acabar amb el terrorisme, deixarien de vendre armament a l’Aràbia Saudí i Catar, països que subvencionen als yihadistes, i de bomberdejar i destruir a tots els països esmentats pel seu petroli…., però en lloc d’analitzar les causes d’aquests atemptats i dels interessos de qui els promouen, tenim tots els mitjans de comunicació, que d’acord amb els interessos dels governs, debaten tan sols sobre el “terrorisme” i l’Islam, com si les guerres les promoguessin les diferents visions de la religió i no els caps que mouen els fils dels grans poders i interessos econòmics que són els estrategues del VERITABLE TERRORISME. Quan menys informació i coneixement tingui la ciutadanis sobre el tema, millor. assumirà els seus objectius: Promoure pors, ràbies, divisions, racismes i acceptació d’un estat policial.

Seguint en aquesta línea, voldria ressaltar les paraules del President de la Generalitat Sr. Puigdemonttar, que, servint-se dels sentiments obtinguts en aquests atemptats de Barcelona, va voler deixar palès que, en una futura Catalunya independent, el país necessitaria d’un exèrcit per combatre el yihaidisme. O sigui, que en un hipotètic estat català es dedicaria una important partida pressupuestària per a la compra d’armament: tancs, avions, granades, fusells, obusos, bombes… i la formació d’un exèrcit entrenat per combatre uns “quants extremistes” que lluiten amb una o dues furgonetes, unes quantes bombones de butà, etc. com a armes. Se suposa que serà Israel, tal com fa ja actualment amb els mossos d’esquadra, qui es dedicarà a entrenar, en les tècniques de guerra, a l’exèrcit català. Tot plegat representaria un negoci desorbitant i suculent per a quantitat de càrrecs, subcàrrecs, coneguts, etc. de l’administració del moment.

El panorama és aquest. Es pot canviar? No, amb l’actual generació.

D.E.P. Que Descansi en Pau la intel·ligència i l’observació del poble català. Resem una oració per a la seva ànima.

Aviso: la responsabilidad del contenido de esta entrada es pura y únicamente competente a su autor.

El artículo semanal que publica en ‘La Vanguardia’ el periodista y escritor Gregorio Morán (Oviedo, 1947) bajo el epígrafe ‘Sabatinas Intempestivas’ no ha sido publicado este sábado. Pese a no haber visto la luz en el rotativo barcelonés, el texto retirado, titulado ‘Los medios del Movimiento Nacional’, ha circulado por las redes sociales.

Este es el artículo íntegro:

Los medios del Movimiento Nacional

No estaba entre mis intenciones escribir sobre la situación en Cataluña. Imaginaba que un lector habitual estaría ya saturado y poco se podía añadir a lo ya dicho. Cambié de opinión a partir de varios artículos que me han conmovido y que parecen exigir cierto grado de compromiso. Basta citar los de Màrius Carol, de Xavier Vidal-Folch y el sensible y rotundo de Isabel Coixet. No podemos callar aunque estemos en pleno agobio veraniego y tengamos la sensación de que vivimos entre camellos pero sin ninguna experiencia de beduinos. Los artículos son un llamamiento a la responsabilidad y dejan una agridulce sensación de que estamos en un callejón de difícil salida a la que nos han llevado los talibanes que nos gobiernan y sus jaleadores, ¡que no supimos desenmascarar a tiempo!
Conozco a Màrius Carol desde hace años; fuimos amigos durante algún tiempo y luego dejamos de serlo. Punto. Me es indiferente que sea el director de este periódico, porque a lo que voy es a que su artículo del sábado –“Turbulencias”- me conmovió y al tiempo me lleno de zozobra. “Cuesta entender lo que está pasando, dice…Quedan días y veremos más cosas que no sorprenderán al mundo, pero sí que nos dejarán sin palabras a los catalanes”. No es una amenaza sino un desconsuelo que pretende aliviar una cita del socorrido Gaziel, que acaba en una frase inexorable: “El separatismo es una ilusión morbosa que encubre una absoluta impotencia”.
Escrito todo esto por quien tiene muchas razones para conocer la situación mejor que yo, no deja de inquietar y de obligarnos a postergar otros textos para asumir lo que se nos viene encima. Cuando el tiempo pase, nadie querrá asumir nada, y repetirán, como en antiguas épocas, “ yo era un disidente al que nadie quería hacer caso”. Los “nadies” en Cataluña se cuentan por miles y kilos de desvergüenza. Como en el resto de España, más o menos. Los muchachos de la CUP, más ignorantes que jóvenes, han cometido una patochada que les define. Un cartel de Franco para desprestigiar a quienes rechazan el referéndum. No hay dictador en la historia de España que haya convocado tantos referéndums como Franco y con un avasallador parecido con este en cuanto a las manipulaciones.
Entre el pasado sábado y éste ha ocurrido algo sumamente grave, dentro de las diversas gravedades de un proceso condenado al fracaso. No como dicen los fantasmas llamándolo “choque de trenes” sino a la ruptura brutal de la sociedad civil ¡No seamos petulantes, aquí no se trata de un choque de trenes, sino del enfrentamiento entre un expreso antiguo y apolillado, frente a un tranvía conducido por reclutas del servicio de transportes! Humildad por favor, abandonemos de una maldita vez el pujolismo de los delincuentes de altura y admitamos que somos un tranvía con aspiraciones de tren bala japonés.
Ahora bien, el cese de Albert Batlle como jefe de los mossos d’Esquadra y su sustitución por el delincuente legal, Joaquin Forn, –podría llamarse así a aquel que rompe la legalidad cuando le peta en función de sus intereses
políticos-. Lo hizo en los Juegos Olímpicos del 92; la pitada al Rey; la campaña “Freedom for Catalunya”…Es decir, que a partir de ahora, quien controlará los Mossos d’Esquadra es un tipo dentro de toda sospecha, que no cumplirá la legalidad que no le exijan los ilegales. No quisiera incluir aquí su amplio currículo como talibán de la barretina.
Estamos en manos de un personal que bordea la ley, y que lo hace con el ánimo de no sólo de incumplirla, sino de imponer la suya, que no es otra que ir a la ruptura y provocar un conflicto no sólo cívico sino violento. Necesitan algún muerto que sirva de símbolo a la asonada. En ocasiones pienso que estamos rememorando las guerras carlistas a los que son tan agradecidos gran parte de estos fanáticos del enfrentamiento. “Un muerto salvaría a Cataluña”, es el lema escondido entre los conspiradores de esta farsa.
Baste decir que Artur Mas confiesa a los suyos que llegará el momento oportuno de ocupar los edificios estratégicos de Barcelona. Seamos serios, con un líder de mando único como Joaquín Forn, eso obligaría a situaciones sin salida y de alto riesgo para vidas y haciendas, no sólo para la ciudadanía pastueña que ve el panorama como si no fuera con ellos.
Nunca se hizo tan evidente, desde los tiempos del franquismo, el dilema de estar con el poder o contra el poder. Y aquí entramos los plumillas. Los fondos destinados a diarios como ‘Ara’, ‘Punt Diari’, TV3, que superan Canal Sur de Andalucía o el canal de Madrid, que ya es decir, cantidades de todos modos exorbitantes que pagamos todos los ciudadanos, desde Cádiz a Girona, y donde sobreviven 7 directivos de TV3 con salarios superiores a los 100.000 euros, podrán parecer una nadería frente a las estafas reiteradas del PP, pero describen un paisaje. Cobrando eso, ¡cómo no voy a ser independentista! ¡Qué simples somos cuando decimos que esos medios no los ve ni los lee nadie! Se equivocan y por eso estamos donde estamos. El columnistatertuliano podrá ser despreciado, y lo merece, pero crea opinión. En muchos casos es su única fuente de información. Son los Jiménez Losantos del Movimiento Nacional catalán. ¿Acaso el viejo “Arriba” del franquismo, o ‘Pueblo’, o las agencias gubernamentales las leía alguien? Pero estaban ahí, presentes, supurando la bilis contra el enemigo. Ayer como hoy. Son una especie de diarios virtuales, anónimos, a los que los idiotas echan una ojeada que les basta para saber por dónde va la cosa. Perdónenme que eche mano de la memoria, mi pariente más querida. ¿Se acuerdan del exilio de Joan Manuel Serrat en México durante el franquismo? ¿Qué cosas venenosas no se dijeron y tanto en los medios de Barcelona como en los de toda España? ¿Quieren que les haga un repaso de las cartas al director en la prensa catalana? Por cierto, que entonces esa bazofia se firmaba; ahora los canallas son anónimos.
Mi viejo amigo el nacionalista vasco Iñaki Anasagasti inventó el feliz término de la “Brunete mediática” para designar ese macizo de la raza castizo de la pluma y la palabra, que embiste contra todo lo que ni le gusta ni entiende. Habría que recuperar ahora los Nuevos Medios del Movimiento Nacional catalán. Te crujen por una disidencia, por una opinión que no sea la de las instituciones corruptas de la Generalitat. ¿Se han fijado en el interés reiterativo en las fotos de Pujol hecho un pimpollo, como si apenas hubiera salido del juzgado o de la Generalitat? Un intocable. Casi siciliano, entre Toto Riina y Berlusconi. Se ha iniciado su recuperación. Los edecanes de antaño
reivindican al Padrino. “¡Hizo tanto por nosotros!” Tanto, tanto que se convirtieron en una familia de comisionistas.
Nos vamos al carajo, señoras y caballeros, pero la diferencia entre Patria y Patrimonio se mantendrá intacta. Es lo que suele ocurrir con este tipo de contrarrevoluciones pletóricas de banderas, que siempre están pensando en el mañana. El presente siempre queda para los sicarios y los tontos inútiles

Aviso: la responsabilidad del contenido de esta entrada es pura y únicamente competente a su autor.

¿Héroes por matar a terroristas? Otro triunfo del terrorismo

Por Martín Caparrós

El peso que toma un atentado como éste termina, entre otras cosas, por legitimar el control social, la represión, la violencia del Estado. Costó muchos años y muchas muertes imponer ciertos valores y, gracias a la amenaza terrorista, ahora están en cuestión.

Si se acepta que a veces la policía puede matar impunemente, entonces la discusión sólo consiste en definir cuándo puede. Cuando alguien comete un acto de terrorismo, claro, o cuando alguien roba y corre, por ejemplo, o cuando trata de entrar a un lugar o a un país donde no lo quieren, o cuando su aspecto parece sospechoso por distinto, o cuando…

El video apareció en las redes sociales el 18 de agosto, al día siguiente del atentado de las Ramblas de Barcelona: ya fue visto millones de veces. Se presenta como “Tiroteo y muerte del quinto terrorista en Cambrils” —o alguna variante aproximada— y todos los grandes medios españoles lo han reproducido. Y ninguno, que yo sepa, se ha preguntado nada. La policía catalana —ahora llamada “Mossos de Esquadra”— informó que el muerto era el quinto de los terroristas islámicos que sus efectivos interceptaron en Cambrils, un pueblo de la costa, en la noche del 17 de agosto. Ya habían matado a los cuatro anteriores y, sin contar mucho cómo, dijeron que ese quinto se les había escapado y lo encontraron y lo “abatieron” (la policía no mata, abate). Después dirían que todos tenían “cinturones explosivos simulados”. O sea: que, en rigor, estaban desarmados.

Alguien dijo alguna vez que la primera víctima de toda guerra es la verdad. Alguien dirá, alguna vez, que la primera víctima del terrorismo es la duda, el espíritu crítico. No muchos, que yo sepa, se han preguntado si era necesario matar a ese hombre. Si realmente ese hombre, en ese momento, representaba un peligro extremo, si no había formas de reducirlo sin matarlo.

Al contrario, los medios retomaron con júbilo la idea de que matarlo fue un éxito policial, un triunfo de las fuerzas del bien, y que ahora sí estamos más tranquilos: más seguros. Y ninguno parece considerar esa vieja regla del periodismo que dice que hay que buscar más de una fuente: como si en estos casos quedara suspendida. O a aquella, más vieja todavía, que dice que la tarea del periodista es tratar de contar la verdad.

 

Aviso: la responsabilidad del contenido de esta entrada es pura y únicamente competente a su autor.

Todo el mundo ama a la policía

Rebelión

Gazteikoak

Desde hace una semana no deja de asombrarnos cómo se está manejando el atentado de Barcelona en lo que respecta a la policía. Nos causa sorpresa no sólo la gente que se abraza a los antidisturbios (¿por qué, por no hacer su trabajo?), sino las declaraciones de numerosos cargos políticos, sobre todo de las llamadas «izquierdas» (Podemos, CUP, Barcelona en Comú…), que alaban a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y que se unen al ya coro único que demanda un aumento de dotaciones policiales, amén de las medidas de videovigilancia, restricción de movimientos, aumento de identificaciones arbitrarias por motivos de seguridad, etc.

Hoy mismo hemos sabido que ayer (24/08/2017) Bildu se sumó a una declaración institucional de la Cámara de los diputados impulsada por Ciudadanos para reconocer y agradecer la labor de todas las fuerzas policiales y de seguridad por su labor tras los atentados de Barcelona. Atrás quedaron las denuncias de las asociaciones contra la tortura (Coordinadora contra la Tortura y Comité para la Prevención de la Tortura del Consejo de Europa) contra uno de los cuerpos (Mossos d’Esquadra) que más denuncias ha recibido en los últimos diez años desde que Euskal Herria fuese «pacificada» (en este decenio Catalunya ha liderado los rankingsen cuanto al número de denuncias presentadas en el Estado español por torturas, vejaciones, palizas, malos tratos, amenazas, encañonar a detenidos, etc., con multitud de policías acusados y condenados, superando, aunque cueste creerlo, a otros cuerpos avezados en lo que podríamos considerar prácticas policiales al uso —Guardia Civil, Ertzaintza, todas las policías locales y también funcionarios de prisiones).

Olvidado ha quedado el discurso que señalaba a la policía por ser lo que es y lo que no puede sino ser: una organización militar y militarista que ejerce la violencia, la tortura, los abusos, la mentira, que se sirve del poder para cometer todo tipo de atropellos y tropelías, que sólo está cuando no se la necesita, para pegar, para detener, para acusar, para multar, para golpear, para fichar, para invadir nuestra privacidad… ¿Dónde estaban, por ejemplo, cuando debían defender a todas las mujeres asesinadas por maltratadores? ¿Dónde cuando se producen violaciones sexuales? ¿Dónde estaban el 11M de 2004 (y que conste que no defendemos su existencia ni siquiera en estos casos)? ¿Para qué sirven tantos dispendios policiales si son incapaces de detectar a un numeroso grupo de personas (al menos 12) que almacenaban un centenar de bombonas de butano, cientos de litros de productos químicos para fabricar explosivos, tornillos y otros metales para ser utilizados como metralla, dinero a espuertas, pasaportes falsos, que amenazaban a través de las redes sociales como si tal cosa, que tenían la intención de realizar un atentado bestial? Se dice ahora que es muy difícil anticiparse a este tipo de atentados, pero entonces, ¿para qué están? ¿A quién protegen? ¿A quién sirven? ¿Tenemos que pensar que el atentado bien pudiera ser otra vuelta de tuerca que encaja en ese proyecto de largo recorrido que busca ejercer un todopoderoso control social mediante el miedo generalizado?

Recordemos, de pasada, un episodio no muy lejano… Según la (h)inteligencia policial, en 2013 dos anarquistas chilenos (en este caso sí eran una célula terrorista) viajaron desde Barcelona (mira tú qué coincidencia) hasta Zaragoza para colarse en la basílica del Pilar con una bombona de camping gas con la intención de cometer un terrible atentado contra una figura de yeso y unos bancos de madera (la propia Audiencia Nacional consideró acreditado que la acción afectó al patrimonio histórico y artístico de los bancos y la zona del coro y la sillería), causando lesiones leves en un oído y en la mandíbula a una persona. Desde el principio se afirmó que pertenecían a una enorme y peligrosa organización criminal de corte anarquista que pretendía tumbar el Sistema: el Comando Insurreccionalista Mateo Morral, integrado en los Grupos Anarquistas Coordinados (GAC), equivalentes a la Federación Anarquista Informal/Frente Revolucionario Internacional (FAI/FRI)… El ridículo comando Mateo Morral apestaba desde el primer minuto a montaje policial; sólo hay que leer el comunicado para detectar algunos tics de la policía. Las consecuencias de dicho atentado implicaron detenciones e identificaciones, acusaciones injustificadas, amenazas a personas y grupos anarquistas acusados de terrorismo… ¿Para qué tanto Centro Nacional de (H)Inteligencia, tanto Centro contra el Terrorismo y el Crimen Organizado, tanta videocámara, tanto policía y tanto presupuesto militar/policial? Pues para eso, para defender un determinado orden, un orden en el que se defiende a los de siempre y donde mueren los de siempre, como en Siria, Iraq o Somalia, donde muere cualquiera menos quien debería. «Proteger y servir»: no nos cabe duda de que así es.

En estos días se repite que no podemos flagelarnos con el discurso de la responsabilidad por lo que está ocurriendo allende nuestro primer mundo porque eso implica dar alas a quienes ya nos señalan y porque el discurso implica, de facto, una separación entre ellos y nosotros, cuando no debería darse tal separación. Pero lo que nadie explica es cómo resulta posible que los atentados no los cometa un iraquí que ha perdido a su madre y a sus hermanas cuando estaban comprando en un mercado y un dron que vuela a 10 km de altura, teledirigido, ha lanzado un pepino que no discrimina entre inocentes y culpables, como un atropello no lo hace entre musulmanes e infieles. No; el atentado lo comete un puñado de jóvenes en cierta medida integrados, que hablan catalán y castellano, que incluso trabajan, que habitan en viviendas no precisamente precarias, que tienen móviles de alta gama, con perfiles en las redes sociales, amantes del Barça, que conducen Audis, que acuden a la peluquería con regularidad para estar a la moda, que visten ropa de marca, que están encantados con Occidente y todo lo que él representa, que adoran al Dios dinero. Estos infelices, que han sido seducidos por una ideología mezclada con una interesada interpretación religiosa, que no han padecido los efectos más sangrantes de las condiciones de posibilidad de nuestro modo de vida (sí, también de la socialdemocracia), no son muy diferentes de cualquiera que se sienta vacío, ninguneado, engañado por pertenecer a una sociedad de mierda que sólo puede ofrecer frustración, soledad y miedo. Cualquiera, aunque nos duela, es un potencial terrorista en este mundo que estamos construyendo. Desde hace tiempo, y en adelante, ya no pod(r)emos vivir con tranquilidad en ningún sitio, y dad por seguro que ningún policía, ninguna videocámara ni ley que se precie podrá defendernos de tamaña irracionalidad.

Y esto también viene a cuento de cómo la policía ha sido aclamada por restablecer la pena de muerte (ésa que teníamos con Franco y que aún está vigente en lo que pudieran disponer las leyes penales militares en tiempos de guerra, tiempos en los que podríamos hallarnos con una simple orden ministerial) cargándose a tiros, «dando caza», «abatiendo» a unos cuantos terroristas… A partir de ahora que nadie se resista, porque puede ser asesinado con total impunidad y con méritos policiales. Son males menores, como diría algún que otro filósofo, como la tortura, que es bienvenida, dicen, si es para evitar males mayores. ¿Evitar? Ja. Son los fundamentos del Estado de Derecho, del estado de las cosas en que nos encontramos.

¡Vivan esos militares demócratas, esos guardias civiles, esos agentes de policía que quieren poner las esposas a los corruptos!, decía Pablo Iglesias en un mitin; la CUP amagó con no asistir a la manifestación de mañana si a la misma acudía el Rey, a quien considera «culpable del ataque» de los atentados por «los tratos económicos, armamentísticos y geopolíticos que propicia con países como Arabia Saudita y Catar, fuentes de financiación del Daesh», pero al final va a ir y además aplaude a su policía, a los Mossos, por su actuación en los atentados; la Autoridad Portuaria de Bilbao, integrada por la Ertzaintza, la Guardia Civil, el Cuerpo Nacional de Policía, Capitanía Marítima, Aduanas y la Subdelegación del Gobierno se coordina (lo que están pidiendo todos los partidos) para que desde allí, y rumbo a Arabia Saudí, hayan salido en diez meses un total de 312 contenedores marcados con el sello de «explosivos» (nada menos que un total de 8.656 toneladas de armas). Sigamos disociando lo que pasa y sigamos comportándonos como se espera que hagamos, seamos «gente de bien», aunque un poquito contestona.

Al final resulta que eso que llaman «gobernar» implica todas estas servidumbres, como pasar revista a las tropas, felicitar a todas las policías por su eficacia (¡?), saludar de buen grado el trabajo conjunto de todos los cuerpos… que tan bien hace la nueva casta anticapitalista, independentista o populista, qué más da.

¿Desde cuando la policía se ha convertido en el aliado de «los de abajo»? ¿Acaso es imposible tratar sucesos de esta magnitud sin aceptar todos los trágalas que impone el poder? Si en tan poco tiempo nos hemos olvidado de todas las ofensas, palizas, detenciones ilegales, torturas, amenazas, de todas las mentiras, montajes, detenciones arbitrarias y de todas las manipulaciones ¿qué nos cabe esperar? Dais mucha vergüenza.

Si hacemos un esfuerzo por no olvidar y hablamos mal de la policía, ¿qué nos va a pasar?, ¿qué nos vais a hacer? ¿En serio os habéis creído que debemos luchar desde dentro para conseguir que esta policía fascista —el que ejecutó a 4 de un golpe viene de la Legión— se convierta en la policía del pueblo? ¿Debemos animarnos a ingresar en el cuerpo, como en tiempos decían algunos con la mili para aprender a disparar?

Lo dicho: ¡dais una profunda vergüenza!

Fuente: http://gasteizkoak.org/todo-el-mundo-ama-a-la-policia/

Aviso: la responsabilidad del contenido de esta entrada es pura y únicamente competente a su autor.

El cuerpo como arma

Rebelión 

Desde el día de los atentados en Barcelona y Cambrils, asistimos a una sobredosis de relatos que intentan influir y cohesionar en torno a causas preexistentes. El estado español pretende fortalecer la idea de que “sólo unidos podremos enfrentarlo con éxito”, en obvio tiro por elevación al referéndum del 1-O. Por contrapartida, la Generalitat, deja en evidencia al gobierno español por la no inclusión de los Mossos d´Esquadra en la comunidad de información e inteligencia. Igualmente denuncia restricciones presupuestarias en la lucha antiterrorista, a pesar de las advertencias de amenaza yihadista sobre Catalunya por parte de diversos organismos de inteligencia. En otro orden, también se consolidan relatos y actitudes xenófobas y fascistas por una parte, y respuestas antirracistas y antifascistas por otra. En este marco, sentimos falta de espacios de reflexión que nos amplíen el campo de análisis más allá de la exhortación a tomar partido, por legítima que sea.

_____________________________________________________

Desde el hallazgo de aquella poderosa arma (el simple hueso de un esqueleto reseco) del homínido en la escena de “2001 Odisea del Espacio” a las sofisticadas armas contemporáneas, una formidable evolución técnica se ha producido. Se inicia con el garrote primordial, continúa con el cuchillo, la lanza, la espada, para evolucionar luego a armamento que prolonga la acción más allá del alcance del brazo: la catapulta, el arco y la flecha, la ballesta. Las armas de fuego y los explosivos marcaron un antes y un después. Fabricamos truenos que, con impronta casi mágica acababan con vidas, transportes, fortificaciones, a distancias que mal podía alcanzar el ojo humano. Y las desarrollamos y potenciamos por aire, mar y tierra, complementadas por otras formas adicionales de destrucción masiva, como la guerra química y bacteriológica. Y no nos detuvimos allí; la guerra electrónica amplificó la distancia física y sentimental entre el agresor y los efectos de su agresión, a punto tal de que una masacre puede asumir ante el militar que la provoca la misma apariencia e impacto emocional que un videojuego. Creciente asepsia y mediatización para promover una indiferencia que impida tomar contacto con el dolor del destruido, dispositivo que garantiza la eficacia mortífera.

Al mismo tiempo podría arriesgarse que, en paralelo a la distancia entre el ejecutor del crimen y el dolor de las víctimas, un creciente vacío de sentido se ha ido instalando en nuestras tropas. Funcionalmente, se las ha adscrito a instancias supranacionales –OTAN y alianzas militares para operaciones específicas- desvinculándolas de la defensa de los territorios de origen y convirtiéndolas en garantes de un orden en el que los ciudadanos cada vez tenemos menos voz. Sumado a ello, la mediatización promovida por un accionar cada vez más impersonal –profesional en la jerga militar- en el que matar se ha convertido en un trabajo más, carente de cualquier fundamento heroico o trascendental. Como contrapartida, sólo la remuneración por instituciones estatales, supra estatales o incluso privadas –recordemos a Blackwater y sus mercenarios- cuyas acciones cada vez más dudas despiertan en lo relativo a su legitimidad ética.

Como elemento novedoso y disonante en este cuadro surge en las últimas décadas la figura del llamado terrorista –quizá fuese más preciso llamarle guerrero- suicida. Parece haber venido a interrumpir aquella lógica marcada por la constante distancia y mediatización entre el ejecutor y los masacrados. Se regresa así al punto de origen: el cuerpo del combatiente vuelve a involucrarse en la acción. Emerge este personaje que –para enfrentar a su enemigo- es capaz de sacrificar su propia vida.

No se trata de una creación contemporánea. Aunque de corta y limitada duración, ya lo experimentó y desarrolló el imperio japonés en la Segunda Guerra Mundial (los aviadores kamikazes), en un gesto de desesperada impotencia ante la superioridad bélica de los EEUU. También sería ignorancia supina adscribir a la línea oficial de `nuestros medios´, atribuyendo el sacrificio del suicida en exclusividad al yihadismo islamista, como tributo a la supuesta promesa de algún paraíso ofrecido por el Corán. Otras religiones, incluso la cristiana –sobre todo en el Antiguo Testamento- predican la extinción del enemigo aun al precio consciente de la propia vida.

¿Puede pensarse que tiene algo en común este guerrero suicida con otros surgidos en experiencias anteriores? Pensando en trazos gruesos arriesgaríamos dos:

a) uno de orden material: la certeza de una inferioridad numérica, técnica o tecnológica –aunque fuera transitoria- ante un contrincante más poderoso al cual no se puede destruir enfrentándolo de igual a igual. Así, no habría otra alternativa que empeñar la propia vida en el gesto final de causar el mayor daño posible al enemigo;

b) otro de orden moral: para asumir tamaña decisión se precisa de enorme convicción, que opere como fundamento –inmanente o trascendental- del acto a cometer.

A los anteriores podría agregarse: promover el terror y el desánimo en las filas del enemigo, para su desarticulación. Si bien –sólo en aparente paradoja- esta es una idea-fuerza que también utilizan los gobiernos occidentales para llevarnos a aceptar la restricción de nuestras libertades, en nombre de `nuestra seguridad´.

Lejos de nuestro ánimo otorgar cualquier legitimidad al sanguinario e irracional accionar político-militar de estos comandos suicidas. Tan lejos como aprobar las acciones de la OTAN y las tropas europeas en un Oriente Medio hoy infinitamente más inseguro y caótico que antes de sus intervenciones. Ahí están Irak, Afganistán, Libia y ahora Siria como prueba. Los pretextos argüidos por políticos y mandos occidentales han sido desmentidos por las revelaciones que hemos ido conociendo con el paso del tiempo: supuestas armas de destrucción masiva en manos del dictador iraquí, prácticas de crueldad del déspota libio y un largo etcétera. Hoy cualquier persona con el mínimo sentido crítico e interés por informarse sabe que otras –bien diferentes- han sido las motivaciones que originaron aquellas invasiones.

Una elemental línea de inteligibilidad lleva a la deducción “de aquellos polvos, estos lodos”. Esas sociedades sienten que nuestros gobernantes son los responsables del saqueo y masacre que padecen. Sean ejercidos de forma directa, sea por mano de “nuestros aliados”: Arabia Saudí y las petromonarquías del Golfo. Dicho lo cual, nos preguntamos ¿qué percepción podrían tener de nosotros esas sociedades? ¿Algo nos autoriza a creer que nos eximan de responsabilidad en el infierno en que se han convertido sus vidas? Se supone que –a diferencia de ellas- nosotros vivimos en democracia, podemos elegir a nuestros gobernantes. Ergo, alguien –sin mucha información política- nacido en esas latitudes podría legítimamente pensar: “ellos eligen a los gobernantes que promueven nuestro saqueo y destrucción”. A partir de aquí, cuesta poco imaginar, cuán preocupado podría estar por los dolores que nos cause el llamado terrorismo yihadista con sus prácticas brutales.

Por último, cabría deducir también, que los llamados terroristas fundamentalistas, operan ante un enemigo que perciben manifiestamente superior. Si tuvieran un poder tecnológico y militar equiparable al de nuestros ejércitos no tendría sentido inmolarse en acciones que implican la pérdida segura de elementos de primera línea, al menos desde el punto de vista operativo militar. Nos viene a la memoria aquella escena de “La Batalla de Argelia” en que Ben Bella –dirigente del FLN argelino, prisionero de las tropas francesas- es increpado por los periodistas internacionales. Le reprochan que el FLN use canastas que simulan moisés –portando explosivos que después detonarán- depositadas en lugares frecuentados por jóvenes civiles franceses. El líder argelino responde que gustosamente el FLN le cedería a Francia esas cestas a cambio de los aviones con que ese país bombardea a sus poblaciones.

Es difícil romper este marco. Pero está en nuestras manos conseguirlo. ¿Seremos capaces las sociedades occidentales de torcer el brazo a nuestros gobiernos e imponerles la prohibición inmediata de venta de armas a regímenes despóticos y –sabidamente- promotores del yihadismo fundamentalista: Arabia Saudí y las petromonarquías del Golfo? ¿Y volveremos a salir a las calles a exigirles la retirada de las tropas y asistencia militar en los países invadidos: Iraq, Libia, Afganistán, Siria? La respuesta está en nosotros.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Aviso: la responsabilidad del contenido de esta entrada es pura y únicamente competente a su autor.

¿Con los Mossos y la oligarquía de mani por Barcelona?

insurgente.org. Tu diario de izquierdas

EDITORIAL. En apenas unas horas, la ciudad de Barcelona verá una manifestación contra el terrorismo. Sin más cuestionamientos, ni más análisis. Es de esas movilizaciones obvias contra el terror sin preguntar causas ni dirimir responsabilidades más allá de los ejecutores. Estos son enviados por Alá y el mal y a ellos hay que oponer el bien y a Jesucristo. Como salgamos de esa premisa básica y simple tan propia de la España profunda que en estos días afloró a la superficie como si tal cosa, no podría ni arrancar la manifestación. Y decimos esto porque la plana mayor del PP y del PSOE, de la monarquía y de los Mossos se darán cita. Si levantan la mano en el Parlamento para apoyar dictaduras y negocios con armas que luego, por arte de birlibirloque, usan comandos yihadistas, pelillos a la mar y todos a la manifestación. Si se viaja en comitivas empresariales a visitar a a coronas amigas, fieles al despotismo y el medievo, pelillos a la mar y todos a la manifestación. Si tienen un curriculum represivo, con decenas de detenidos, malos tratos,  pérdida de ojos, cursos de adiestramiento en Israel, etc, etc, pelillos a la mar y todos a la manifestación. Participar junto a ellos es una cuestión de estómago pero también una decisión ideológica que para nada tiene que ver con apoyar la paz y la tolerancia. En este caso, como en tantos, la Memoria se nos presenta como un arma de dignidad masiva.

(En la foto, Mosso trabajando)

Aviso: la responsabilidad del contenido de esta entrada es pura y únicamente competente a su autor.

Víctimas del odio a los pobres

La Marea

Luisa Benavente tiene 45 años. Usa gafas azules y apenas mira a quien la mira. Lleva solo un pendiente, en su oreja derecha. “Los malos me dan alergia, así que me pongo este que tengo de plata, y este anillo”, dice mientras descubre su escote. “¿Ves? No me puedo poner nada, ni collar ni nada. Encima soy delicada”, prosigue con una sonrisa tímida. Dice “encima” porque antes ha contado que es pobre, porque lleva once años durmiendo donde puede y porque en un cuarto de hora irá a recoger la dosis de metadona que le corresponde. El viaje hacia las drogas que inició con 16 años la ha llevado tres veces a la cárcel. Hoy, asegura, lleva ocho días sin consumir. Solo ocho días. Un mundo para su mundo, que es un círculo cerrado que la atrapa día tras día. “Me han intentado violar, me han acosado, me han dicho ‘mira qué guarra esta tía, durmiendo entre cartones’. Yo no quiero vivir en la calle, yo quiero salir de la calle y que nadie se sienta con el derecho de insultarme o atacarme. Pero no es fácil”, afirma rotunda. Nunca ha denunciado las agresiones que dice haber sufrido.

Una investigación realizada por el Observatorio Hatento calcula que un 47% de las personas sin hogar que viven en España han sido víctimas de al menos un incidente o delito de odio por aporofobia, un término acuñado por la filósofa Adela Cortina, que no está recogido en la RAE y que significa odio y rechazo a las personas pobres. Las mujeres presentaron una mayor vulnerabilidad (60% frente al 44% en el caso de los hombres). “Es fundamental no olvidar que el derecho a la vivienda se relaciona directamente con la calidad de vida, la seguridad y la salud de las personas, de forma que interacciona con los demás derechos fundamentales. Una sociedad democrática no puede permitirse abandonar más allá de los márgenes a parte de su ciudadanía”, recuerda Rais Fundación, la organización responsable del estudio, a cuya sede en Sevilla acude Luisa con frecuencia.

En este camino, el Senado acaba de aprobar una moción presentada por Unidos Podemos con la que pide al Gobierno una reforma del Código Penal que incluya como agravante la aporofobia, como ya ocurre con las agresiones cometidas por “motivos racistas, antisemitas u otra clase de discriminación referente a la ideología, religión o creencias de la víctima, la etnia, raza o nación a la que pertenezca, su sexo, orientación o identidad sexual, razones de género, la enfermedad que padezca o su discapacidad”, según el artículo 22.4.

Luisa vive con la idea de que todos saben que es pobre, que la señalan, igual que si llevara un cartel encima que lo anunciase. Por eso un día intentó entrar en una peluquería y se dio la vuelta. Soy pobre. O por eso le da pánico plantearse la posibilidad de alquilar una habitación. Soy pobre. Por eso se apresura sin venir a cuento a aclarar que aparenta más edad que la que tiene, en esa peculiar forma de sobrepasar el miedo a que alguien lo diga antes que ella. A veces, su voz no llega a completar las frases. Suspira y continúa: “Tengo EPOC, una enfermedad pulmonar obstructiva. Me cuesta hasta subir las escaleras”. Y por todo eso, al final, Luisa se enreda en los cartones y sigue como está. “Acomplejada, sí. Es que no lo puedo evitar”, se justifica.

Es habitual, cuenta, que en los bares le impidan entrar al baño. “Y termino haciendo pipí en la calle. Te discriminan”. Es habitual que le ofrezcan sexo porque está en la calle. “A veces en una hora me lo han pedido cuatro veces, sobre todo los días 25, cuando se cobra la paga. Como si tuvieran derecho…”. Vuelve a suspirar. Como si tuvieran derecho por ser pobre. Y cuenta también como algo habitual la sensación de no saber por dónde empezar sus días y por dónde acabar sus noches. “Tengo un hijo y una hija ya mayores. Mi hija no me perdona. Estoy mal. Esta situación te va quemando. Yo antes era más alegre. Pero el carácter te cambia, se endurece. Estoy mal”, repite con una mueca triste. Solo sonríe de verdad al posar para la foto.

En la misma sede, Encarnación López prepara un café. Echa de menos sus costumbres, convertidas en rarezas cuando no se tiene casa. 58 años, un ojo morado, un moratón en el codo, una herida en la rodilla tapada con gasas y otra que se alarga entre el cuello y el pecho en bandolera, por donde colgaba el bolso que le arrancaron. Según su relato, la atacaron tres hombres hace una semana mientras caminaba con un compañero. Asegura que llevaban unos 300 euros para alquilar una casa para ellos dos y una hermana que está enferma. Se lo quitaron. No han denunciado los hechos porque, según explica, todo ocurrió muy deprisa y creen que no va a servir para nada.

“Yo llevo un año viviendo de albergue en albergue, con la angustia de no saber dónde voy a dormir cada noche, si te aceptan o no, como si fueras un número. La dignidad es la dignidad. Y es lo único que conservo. La otra noche, con el dolor que tengo en las cervicales, me dejaron dormir en el hospital”, continúa. A Encarnación –labios rosas, pelo rubio, las uñas pintadas de naranja– le ocurre lo contrario que a Luisa: “Siempre me dicen que no tengo el perfil para el albergue. Tengo formación como auxiliar de geriatría, estoy especializada en personas con alzhéimer, esa es mi vocación. Necesito trabajar, tener una casita. Porque me encuentro mal”. Procedente de Ibiza, confía en encontrar esas cuantas cosas cuanto antes: “Yo he sido muy valiente en mi vida, pero me da miedo la calle”.

Aviso: la responsabilidad del contenido de esta entrada es pura y únicamente competente a su autor.

LOS MISERABLES

Este artículo es un resumen del escrito de la Asociación Anprodefa

Vigilancia y defensa de los derechos, del niño y su familia, afectados por la mala praxis de los servicios sociales de menores.

Corrupción en la justicia

Funcionarios de los servicios sociales de menores y mayores tutelados que emiten informes con falsedades y suposiciones, sin escrúpulos que ejercen una mala praxis, y con abuso de poder y hablamos de esos que lo hacen no de los que ejercen bien su función.

Basando sus informes en suposiciones, calificando a todas familias que caen en sus garras negativamente con criterio dictatorial, humillante y degradante. En contra de los derechos humanos, debido a un vacío legal desconocido el cual pone a nuestros hijos a su merced y a su propia voluntad y la de un juez que se basa en dichos informes y en la confianza hacia estos funcionarios

Para que todos lo entiendan el decirle a una madre y a un padre que no están cualificados para ejercer como padres y por eso nos llevamos a su hijo, es el peor insulto, difamación y humillación que se puede ejercer a una familia.

Para más inri, los derechos civiles ante estos se invierten y no pueden ejercer defensa alguna, el menor es tutelado y retirado de la familia incluso en contra de su voluntad.

Luego empieza el calvario, la humillación, amenazas con que si no haces “lo que te digo”puede que no veas mas al niño, así literalmente y más de dos años como mínimo de trámites administrativos, trámites judiciales y no siempre con buenos resultados, por el miedo y las amenazas de los profesionales de la administración, los cuales después de los juicios salen diciendo como si esto no tuviera remedio, es que es la administración.

Una familia sin recursos económicos se les ayuda a obtenerlos, no se les quita sus niños, sin ninguna explicación, diciéndoles que están en un programa de reinserción, por que a la administración, le da la gana y punto!

Una familia en estado de conflicto con su hijo que pide ayuda no se merece que le quiten el hijo sin más.

Hay que promover la reconstrucción de la familia estudiando minuciosamente los casos como lo indica la ley y los protocolos. Educando a padres y a hijos, ayudando psicológicamente y explicando protocolos a seguir, pero siempre desde el respeto, dado las circunstancias, sin separar ni destruir lazos familiars, todo lo contrario,  reunificando familias.

Lo que no es normal es que les quiten la tutela a los padres por una mera suposición,  sin comprobar ni verificar, sin pruebas:  porque sí y punto ¡porque lo digo yo! que tengan a los niños separados de sus seres queridos y de su entorno:  niños maltratados y padres y destruídos de por vida porque estos “profesionales”, se sienten orgullosos de ejecer de jueces y verdugos.

Seres capaces de arrebatarle a una madre un hijo recién nacido en el momento del parto. El primer llanto del recien nacido quedará atenuado por el grito desgarrador de la madre que verá como su hijo le es arrebatado de su pecho y de sus brazo por una manos desalmadas que le diran que lo hacen por el bien del niño, el cual ya no podrá volver a poder  a mamar la leche materna,  y que de una manera criminal cortaran el cordon umbilical psicològico que existe entre la madre y el hijo y cuyos efectos duraran toda la vida. Todo ello tan solo porque estos “expertos profesionales” deciden, como en el caso que conocemos,  que esta mujer necesita aprender a ser más fuerte en la vida. La condenan a muerte. MALDITOS!

Los Ciudadanos con problemas con sus hijos tienen que ser tratados con dignidad y los padres,  con problemas de hoy en día con apuros económicos, desahuciados, paro de larga duración, madres solteras sin recursos, por falta de trabajo, padres minusvalorados, etc. tienen que ser ayudados como lo prescribe la ley y los protocolos establecidos, para que ni funcionarios ni administraciones sin escrúpulos,  no dañen la dignidad ni el honor de los padres ni de los niños. Y no estamos hablando de padres “que maltratan” física o psicológica-mente, drogadictos, etc. sino de los que pasan escaseces y penurias, de familias monoparentáles, de  problemas de autoestima, con depresiones… que crían a sus hijos luchando contra viento y marea y despreciados por esta gentuza que los cataloga de inmaduros y frágiles…

Las casas de Acogida y centros son uno de los mejores negocios de nuestro país: con unos datos aproximados de 3800 a 15000 € al mes por niño.

Tenemos que luchar por la dignidad y los derechos de menores maltratados físicamente y psicológicamente en centros de menores.

 

Aviso: la responsabilidad del contenido de esta entrada es pura y únicamente competente a su autor.