La idealización de la 2ª República española

Hace escasas fechas, el escritor e historiador Félix Rodrigo Mora ha publicado un interesante libro titulado Investigación sobre la II República española, 1931-1936 sobre una cierta falsificación histórica de la 2ª República en España. Básicamente, lo que Rodrigo aporta es una visión rigurosa y bien documentada de la realidad social y política de aquellos años que desmonta los muchos mitos creados sobre la República española a lo largo de más de medio siglo, sobre todo por parte de la izquierda política e historiográfica.

De hecho, la gran mayoría de la población española tiene hoy en día una visión idealizada y casi utópica de la República en contraposición al anterior régimen caduco monárquico y a la posterior dictadura franquista. Y es del todo evidente que durante el franquismo se denigró la República como un régimen maligno y desastroso, y varias generaciones de españoles crecieron con ese concepto, transmitido a través de la educación y de la propaganda estatal. Lógicamente, estamos ante la clásica historia de los vencedores, los cuales no sólo sojuzgan y reprimen a los perdedores, sino que instalan una verdad política e histórica conveniente. En el caso del franquismo, es obvio que esa verdad impuesta idealizaba al dictador y a su régimen, al tiempo que tapaba los innumerables crímenes y excesos cometidos por el bando triunfante.

Sin embargo, con el paso de los años la investigación “imparcial y objetiva” llevada a cabo por varios autores –sobre todo anglosajones– fue desmontando la versión oficial del régimen y presentó una cara más favorable de la República. Finalmente, se fue acumulando una gran cantidad de bibliografía sobre la época de la República y la Guerra Civil, y casi todo ella tenía un marcado tinte izquierdista o progresista. Así, esa nueva historia –ya instalada en la era democrática española– condenaba el alzamiento militar y de alguna manera explicaba el drama de una valerosa y digna República que acabó siendo destruida por el fascismo nacional e internacional. Y en esa visión se han realzado las grandes esperanzas que trajo el nuevo régimen, con aires de regeneración y de progreso en todas las facetas, frente al corrupto y oligárquico régimen de la llamada Restauración. Desde este enfoque, la República vendría a ser un movimiento popular que quería cambiar radicalmente las cosas e instalar una especie de edén de justicia, orden y desarrollo social, económico y cultural.

Y así es como hemos llegado a la actualidad, en que la historia se ha vuelto a rescribir por enésima vez, con sus correspondientes buenos y malos. Y sólo como muestra vale la pena citar la reciente Ley de Memoria Histórica, que reabre odios y heridas y fomenta nuevos antagonismos, pese a que aparentemente estaba cargada de buenas intenciones. Pero, en fin, a nivel social, científico y educativo esta es la verdad que hay que defender y propagar y no otra, y cuando aparece alguna voz revisionista, como la del historiador Pío Moa, se la ataca y desacredita convenientemente[1]. Es la conocida contaminación ideológica que sufre la historia: en cuanto criticas a un lado, te sitúan automáticamente en el otro, pues el mundo funciona en las coordenadas de la confrontación y la separación, no en la unión y la concordia. Igualmente, estoy convencido que la reciente obra de Félix Rodrigo no tendrá muchos amigos y será mayormente ignorada, pues la corrección política imperante está por encima de cualquier otra consideración.

Bandera tricolor republicana, vigente entre 1931 y 1939

No obstante, como historiador que intenta mantener un sentido del rigor y una cierta justicia histórica, aplaudo esta iniciativa de Rodrigo y me sumo a ella, pues considero que hay suficientes documentos y testimonios disponibles de la época que desmitifican esa visión casi idílica de la República, sin entrar en comparaciones con cualquier otro tipo de régimen. Ahora bien, para ser justos, cabe señalar que esa visión estereotipada se sostiene más bien en las interpretaciones políticas (básicamente de la izquierda) y no en la historiografía más rigurosa. De hecho, casi todos los historiadores han dejado bien claro en sus obras que esa época de España fue muy trágica y convulsa, aunque a menudo suelen recurrir a factores externos (o “no republicanos”) para explicar la desgracia del régimen, incluida la Guerra Civil. Sin embargo, analizando en profundidad los hechos, no es muy difícil ver que fue la misma República –encarnada en sus impulsores y dirigentes– la que dinamitó sus bases y cavó su propia tumba.

Así pues, expondré a continuación una serie de datos y hechos que me empujan a sostener –al menos parcialmente– la tesis de Rodrigo y a bajar del pedestal a esa quimera llamada “2ª República”, que fue uno de los episodios más tristes y dramáticos de nuestra reciente historia. Y yendo un poco más allá, y adentrándonos en la llamada metahistoria, todavía podríamos admitir que el régimen republicano fue diseñado y conducido para acrecentar las contradicciones del sistema y provocar una crisis irresoluble que forzosamente debía acabar en una cruenta guerra social e ideológica que encajaría perfectamente en un marco internacional, en que determinadas potencias extranjeras salieron ganando con el conflicto. Pero empecemos por el principio.

En primer lugar, es oportuno citar que el régimen republicano no llegó de forma “regular” ni obtuvo un apoyo masivo de la población española. Es cierto que existía un gran descontento hacia el régimen monárquico y la dictadura militar del general Primo de Rivera, pero el republicanismo todavía no era mayoritario. De hecho, las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 no fueron ganadas por las candidaturas republicanas, sino por las candidaturas conservadoras y monárquicas. Los datos son apabullantes: en la primera fase (el día 5), en que no hubo votación porque se había presentado una única candidatura municipal, los monárquicos ganaron en proporción de casi 8 a 1 en número de concejales; y en la segunda fase (el día 12), la victoria también fue monárquica, aproximadamente en una proporción de 4 a 1 en concejales[2]. Lo que sucedió es que en las principales ciudades españolas sí se impusieron claramente los partidos republicanos, lo que provocó un gran entusiasmo y clamor popular manifestado de forma muy vehemente. De repente, las calles y plazas se llenaron de multitudes vociferantes que enarbolaban la bandera tricolor, se produjeron las primeras declaraciones espontáneas de la República, y a la prensa le faltó tiempo para hacerse eco de esa algarabía popular. En suma, el ruido de la calle venció a las silenciosas urnas.

Entusiamo republicano en las calles tras las elecciones del 12 de febrero de 1931

Ante este panorama, el rey Alfonso XIII decidió abandonar el poder, dando lugar a la proclamación oficial de la República el día 14. Y hay cosas que apenas se entienden en estos confusos hechos, pues el entonces jefe de la Guardia Civil, el muy conservador y monárquico general Sanjurjo, no movió un dedo por “su rey” y permitió la llegada de la República, contra la cual se sublevó apenas un año después. ¿Es que no conocía entonces el programa republicano ni a sus líderes? Asimismo, la mayoría de responsables del orden público y del ejército eran monárquicos. Visto lo que pasó después, con la dura represión del pueblo por parte del estado, no se explica por qué la monarquía no se sostuvo, si tenía plena capacidad para controlar la situación.

Niceto Alcalá Zamora, primer presidente de la 2ª República

Sea como fuere, uno podría pensar que la caída de la monarquía iba a producir la unión de todos los republicanos a fin de aplicar un programa ampliamente consensuado para poder iniciar las reformas necesarias en un país atrasado, empobrecido y, aún en gran parte, caciquil. Sobre todo, se había generado una gran expectación en el campesinado y la clase obrera, que creyeron que las grandes injusticias que sufrían se iban a eliminar en un período relativamente breve. Sin embargo, ya desde el principio, los grandes padres del republicanismo, que eran de clase media o alta (la gran mayoría de ellos de procedencia burguesa[3]) dejaron bien a las claras no había en la República ningún espíritu real de revolución o de cambiar las cosas radicalmente. De hecho, el primer presidente de la República fue Niceto Alcalá Zamora, que era un gran cacique y terrateniente andaluz. Así, pese a los incendiarios y dogmáticos discursos de algunos destacados republicanos –sobre todo los de Manuel Azaña– la situación social y económica del país apenas iba a variar en el llamado bienio progresista (1931-1933).

En efecto, el régimen republicano, pese a haber aprobado una Constitución moderna y progresista, se encontró en seguida con enormes contradicciones sociales, políticas y económicas que no podía resolver de ninguna manera. Por un lado, los partidos republicanos de centro e izquierda querían imponer medidas relativamente avanzadas de reforma, sobre todo en el atrasado campo español, y toparon con la oposición de la derecha y los terratenientes, que impidieron la concreción de la reforma agraria, que resultó ser una farsa o simple papel mojado. A su vez, los campesinos, azuzados por la ideología socialista y sobre todo anarquista, ni querían ni podían esperar más. En general, la clase obrera y campesina, que constituía un altísimo porcentaje de la población española, ya había sobrepasado los márgenes de la República, pues deseaba imponer directamente la revolución (al estilo soviético) dejando atrás las tímidas reformas burguesas[4]Esta grave contradicción llevó a un permanente estado de inquietud social, que se traducía en revueltas, disturbios, huelgas y ocupaciones ilegales de tierras. Y mientras tanto, la banca aumentaba sus beneficios.

Represión gubernamental en el campo español

Como todo esto superaba el orden republicano, el estado reaccionó con la aplicación de la fuerza y la represión en grado máximo. Así pues, incluso durante ese bienio de progreso, las clases populares sufrieron una fuerte represión que llegó a su punto culminante en los sucesos de Casas Viejas, en que unos veinte anarquistas andaluces fueron brutalmente asesinados por las fuerzas de orden público. Y aquí es oportuno citar un dato poco conocido popularmente: la República se blindó con una gran cantidad de organismos y cuerpos de seguridad e incrementó sus efectivos de forma muy significativa. Así, aparte de los carabineros, estaba la omnipresente Guardia Civil e incluso el ejército, que una vez perdido su papel colonial fue usado para reprimir a la población (el “enemigo interior”). Pero por si este despliegue no fuera suficiente, la República creó un nuevo cuerpo adicto al régimen: los guardias de asalto, una organización paramilitar de gran eficacia en la represión.

Entretanto, la democracia y la libertad política desembocó en una lucha partidista sin límites. Hoy quizá nos quejamos del triste espectáculo que dan los partidos políticos, pero estamos a años-luz de lo que sucedía en los años 30, en los que se vivía en una fiebre política de gran extremismo, intolerancia y hostilidad. Existían docenas de partidos, grandes y pequeños, de la extrema derecha a la extrema izquierda, con el añadido del factor nacionalista (sobre todo en Cataluña y el País Vasco), que comportó nuevas complejidades y confrontaciones en la arena política. La derecha, en su mayor parte, no había aceptado la legalidad republicana y hacía todo lo posible por socavarla. Se trataba de los antiguos partidos conservadores o liberales que participaban en la lucha política pero que no habían renunciado a sus raíces monárquicas. Estos partidos vieron con horror el creciente radicalismo de las izquierdas y empezaron a mostrar una oposición férrea a todas las iniciativas del gobierno.

Manuel Azaña, protagonista del bienio 1931-33

Pero lo peor fue que a nivel popular muchas personas de clase media e ideología moderada que habían aceptado de buen grado la República empezaron a sentirse incómodas por la ineficacia del gobierno, por la galopante crisis social y económica y sobre todo por las algaradas revolucionarias, que en aquella época incluían la habitual quema de iglesias y conventos. A este respecto, Azaña decía que “España ha dejado de ser católica” y que la República iba a “triturar al ejército”. Tales afirmaciones, aunque parecían muy extremistas, sólo trataban de fortalecer el laicismo del estado, quitar poder a la Iglesia y reformar a fondo el ejército.

No obstante, estas políticas y actitudes causaron gran malestar y recelo, y exacerbaron los ánimos de unos y otros, haciendo que el país entrara en la dinámica clerical-anticlerical, que iba a ser una de las espoletas que harían estallar la Guerra Civil. Así, no es de extrañar que la Iglesia, blanco de los ataques revolucionarios, se acabara posicionando –salvo contadas excepciones– en contra del nuevo régimen. Asimismo, la pésima gestión de la cuestión militar hizo que buena parte de los mandos militares se sintieran inquietos e incómodos con la República, lo que acabó derivando en abierta hostilidad hacia los políticos y en una separación entre militares afectos y desafectos al régimen[5]. A su vez, amplios sectores populares veían al estamento militar como una casta defensora de los privilegios de los oligarcas y como una herramienta de represión, por lo cual el odio contra los militares fue en aumento.

La República cambió de rumbo en su siguiente fase (el bienio negro, 1934-35), virando hacia la derecha, con un gobierno de varios partidos de centro y derecha, pero sin un liderato claro ni una línea política coherente. En lo que sí se pusieron de acuerdo fue en derribar casi todas las medidas implantadas por los gobiernos de izquierda. Ante esta situación, la izquierda (republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas) se radicalizó y pasó a la confrontación directa y permanente contra el gobierno, lo que comportó más tensión social, huelgas y desmanes. La derecha no se vio capaz de contrarrestar políticamente esa oleada de oposición violenta y ello facilitó la aparición en escena de Falange Española, un movimiento equiparable al fascismo italiano. La lucha política llegó entonces al máximo enfrentamiento y la sociedad española entró en una espiral extremista, mientras en el parlamento todo eran insultos, injurias y reproches. Y lamentablemente, el enfrentamiento llegó al terreno de los asesinatos políticos entre facciones, que cada vez se hicieron más frecuentes.

Así las cosas, el régimen respondió con nuevas represiones, cuyo punto álgido tuvo lugar en octubre de 1934, en que se produjo la revolución obrera en Asturias y un pronunciamiento pseudo-independentista en Cataluña. En este último caso, las algaradas y las víctimas fueron escasas, con la intervención del general catalán Domingo Batet, que en un solo día puso fin a la aventura revolucionario-nacionalista del President Companys. Sin embargo, Asturias devino un terrible episodio de violencia y desorden, que llevó al gobierno a enviar allí al ejército de África, profesional y acostumbrado a las matanzas sin contemplaciones. El resultado fue de miles de muertos, heridos, torturados y detenidos; una represión que serviría como modelo a las limpiezasque efectuaría el ejército franquista unos pocos años más tarde.

El líder socialista Francisco Largo Caballero

En 1935, la inestabilidad en todos los órdenes puso al gobierno de derechas contra las cuerdas, a lo que hubo de sumarse un gran escándalo de corrupción (el “estraperlo”). Por todo ello se convocaron elecciones para principios del año 36. Las fuerzas de la izquierda dejaron a un lado su división interna y decidieron presentarse juntas a las elecciones bajo un movimiento llamado Frente Popular. Aun así, no estaba nada claro qué iban a hacer, porque incluso dentro del propio partido socialista español –la fuerza izquierdista preponderante– había dos tendencias irreconciliables: la moderada de Besteiro y Prieto, y la revolucionaria de Largo Caballero (el “Lenin español”). Y aparte, había que ver cómo iban a reaccionar los anarquistas, que nunca habían creído de verdad en el régimen republicano burgués. Por lo demás, según se ha confirmado hace poco, las elecciones de febrero de 1936 fueron un fraude en toda regla, pues oficialmente ganaron las candidaturas del Frente Popular, pero se dieron numerosos casos de manipulación y pucherazo a favor de las izquierdas, lo que debería haber obligado a repetir los comicios, pero las irregularidades fueron ignoradas o silenciadas.

Sea como fuere, se constituyó un gobierno del Frente Popular[6] en el cual no quisieron intervenir los socialistas pese a ser la fuerza más votada (¿?), mientras la derecha se agrupaba en torno al líder católico y monárquico José Calvo-Sotelo, en tanto que el extremismo falangista se acentuó al ser encarcelado en marzo su líder José Antonio Primo de Ribera por orden de las autoridades frentepopulistas. Pero si desde 1931 las cosas no habían ido precisamente bien, en tan sólo unos meses la situación se hizo insoportable para la gran mayoría de la población, con una tensión social y política sin precedentes. En efecto, tras las elecciones, el régimen republicano ya había entrado en una etapa de descomposición y caída libre hacia el abismo, desgarrado por la presión de un proletariado dispuesto a emprender sin más la revolución, por la reacción de los conservadores y extremistas y por las amenazas de una sublevación militar.

Durante esta etapa, y hasta el estallido de la Guerra Civil, la situación fue de mal en peor, y nadie –ni a izquierda ni a derecha– estaba satisfecho de cómo iban las cosas. El gobierno refrenaba como podía el clima prerrevolucionario y no dudó en seguir utilizando la fuerza para la represión popular. El caso más sangrante fue el que tuvo lugar en Yeste (Murcia) a finales de mayo, en el cual murieron 17 personas a manos de la Guardia Civil. De todos modos, es justo señalar que el extenso historial de detenciones abusivas, malos tratos, torturas e incluso asesinatos por parte de los cuerpos de seguridad ya se remontaba a inicios del régimen. Según Rodrigo, la cifra de torturados o maltratados durante el régimen republicano ascendió a unas 78.000 personas, de las cuales 4.000 murieron a causa de las heridas recibidas. Por otro lado, la cifra de muertos por descargas policiales (amparadas en la Ley de fugas) se elevaría a 3.900.

El general Mola, republicano pero líder de la conjura

Pero por otra parte, el gobierno pareció sobrepasado por los acontecimientos y permitió todo tipo de desmanes y atropellos cometidos por las turbas revolucionarias, en especial contra la Iglesia católica. Todo ello provocó a su vez la reacción violenta de los grupos más radicales de la derecha (sobre todo falangistas) y la determinación de una buena parte del ejército de intervenir para acabar con el caos imperante. Sobre este punto concreto, el famoso ruido de sables era bien patente desde las elecciones de febrero, mientras muchos de los conjurados se esforzaban en jurar y perjurar al régimen que iban a respetar la legalidad…. y el gobierno hacía ver que se lo creía. Por lo tanto, las máximas autoridades sabían muy bien lo que se les venía encima pero siguieron mirando para otro lado.

Llegados al verano de 1936, el clima político y social era totalmente irrespirable. Como muestra de cómo estaban las cosas, citaré un extracto del discurso del diputado de la CEDA José M.ª Gil Robles, en una sesión parlamentaria dedicada al “estado subversivo de España”[7]. Concretamente, Gil Robles recriminaba la pasividad del gobierno ante un gravísimo estado de cosas que parecía estar fuera de todo control, pese a que –como ya se ha mencionado– la República era poco menos que un estado policial. El líder de la CEDA echó mano de unas estadísticas oficiales que incluso a día de hoy nos dejan con la boca abierta, pues recogían fielmente la cruda realidad del momento. Así, desde la victoria del Frente Popular en febrero se habían acumulado 160 iglesias completamente destruidas y otras 251 asaltadas o dañadas. La violencia social y política se había cobrado 259 muertos y casi 1.300 heridos. El desorden civil se traducía en 138 atracos, 69 centros particulares o políticos destruidos (y más de 300 asaltados), 10 sedes de periódicos totalmente destruidas (y otras 33 asaltadas), y 146 artefactos explotados. A ello se sumaba una altísima conflictividad laboral, con 113 huelgas generales y 228 parciales. ¿Se imaginan un escenario así en 2017?

Y si uno lee la trascripción completa del diario de esa sesión parlamentaria podrá observar sin dificultad que los ánimos no podían estar más encrespados, con continuaciones interrupciones, abucheos, amenazas, injurias, recriminaciones… Ciertamente, da la impresión de que nadie quería parar un tren que se encaminaba sin frenos hacia el precipicio, con el agravante de que todos los implicados no dejaban de echar más carbón a la caldera…

Y apenas un mes después de esta agitada sesión parlamentaria se produjeron los terribles hechos que acabaron por desembocar en el famoso “Alzamiento” pocos días después: los asesinatos del teniente de asalto Castillo (militante socialista) y del líder derechista Calvo-Sotelo, éste último a manos de miembros de las fuerzas de orden público. Quizá cueste imaginarse un poco esta situación, pero si la extrapolamos a la actualidad sería como si unos agentes de seguridad del estado asesinaran a Pedro Sánchez, líder de la oposición. ¿Cómo calificaríamos semejante aberración?

Resistencia popular ante los sublevados (julio 1936)

Lo que vino después –la Guerra Civil y la liquidación de la República– nos llevaría a escribir mucho más texto. No obstante, vale la pena destacar al menos ciertos hechos para ver hasta qué punto la República hizo mal las cosas. Primeramente, la República, pese a saber de sobras que el golpe militar era un amenaza real y próxima, no tomó las medidas adecuadas, aparte de “exiliar” a ciertos mandos peligrosos, como si eso fuera a arreglar las cosas. Y nada más estallar la sublevación en África y empezar a extenderse la rebelión en algunas plazas en la Península, el gobierno de Casares Quiroga no reaccionó en consecuencia ni creyó que la cosa fuese realmente seria. Pensaron tal vez que era una bravuconada como la Sanjurjada de 1932 y que los alzados serían rápidamente reducidos. Ese fue el primer y gran error[8]: no medir realmente la gravedad del momento. Pero las fuerzas revolucionarias se echaron a la calle y decidieron afrontar la crisis por su cuenta, para lo cual exigieron armas al gobierno, que en principio se negó a tal petición.

Y aquí vino el segundo error: atrapado entre la virulencia de la reacción contra el golpe militar y la imposibilidad de pactar con los rebeldes, el gobierno disolvió el ejército, licenció a las tropas y entregó armas a sindicatos y partidos de izquierda. El verdadero ejército republicano quedó reducido a prácticamente nada en medio del caos y no se pudo evitar el triunfo de los sublevados en muchos lugares, mientras que en otros las fuerzas de la revolución vencieron a los militares rebeldes y aprovecharon la coyuntura para tomar el poder. El resultado fue que el orden republicano dejó de funcionar en gran parte del territorio, siendo sustituido por un conglomerado de fuerzas políticas que habían tomado las calles por la fuerza. Como varios historiadores han señalado, el alzamiento preparado para combatir la revolución, lo único que hizo fue dispararla, y la República fue incapaz de lidiar ni con una ni con otra tendencia.

Los revolucionarios se hacen con el poder (Barcelona, 1936)

Luego, los errores se fueron acumulando en cadena. Los primeros días debían ser cruciales para imponerse a los alzados y para restablecer el orden republicano, pero no se consiguió ni una cosa ni otra. Se sucedieron nada menos que tres gobiernos (Casares Quiroga, Martínez Barrio, Giral) en dos días, y pese a disponer de la casi toda la aviación, la mayor parte de la flota y muchos recursos humanos y materiales, la República fue incapaz de contener el avance imparable de los sublevados en esos días, que afianzaron sus plazas fuertes y empezaron a extenderse por muchas zonas. El gobierno apenas podía hacer nada y careció de autoridad real, como le sucedió en particular a la Generalitat de Catalunya, que –una vez aplastada la sublevación– vio cómo triunfaba la revolución y todo el poder efectivo pasaba a las milicias obreras. Desde ese momento la República cayó en manos de elementos radicales y los jerarcas burgueses republicanos poco pudieron hacer para evitar los saqueos, asesinatos, vejaciones, encarcelamientos y otros muchos desmanes cometidos contra todo aquel que no fuese izquierdista[9].

Los antagonismos sociales y políticos que apenas podían contenerse desde febrero del 36 acabaron por estallar y desapareció cualquier atisbo de “centro” o “moderación”. La sociedad española pasó a estar formada por “rojos” y “fascistas”, unos extremismos irreconciliables que la propia República había ayudado a fomentar[10]. Entre medio quedó un grupo de población republicana no extremista que tuvo que adscribirse a un lado u otro para poder sobrevivir, aunque en algunos casos puntuales su moderación no les valió de nada, como los republicanos de centro asesinados en la cárcel Modelo de Madrid en agosto de 1936 o el caso del político demócrata-cristiano catalán Manuel Carrasco i Formiguera que huyó de la Cataluña revolucionaria y antirreligiosa para no ser asesinado por católico y burgués, yendo a caer más tarde en manos de los franquistas, que lo juzgaron y fusilaron por catalanista.

En esas difíciles circunstancias, con la sombra de una revolución de estilo bolchevique, las potencias democráticas occidentales no quisieron ponerse del lado de la República, que quedó indefensa y forzada a depender casi enteramente de la ayuda proporcionada por la URSS, que acabó por marcar del todo la política, la economía y la estrategia militar republicana. Los comunistas adquirieron de golpe una preponderancia total en la política y en el ejército y gracias a eso se pudo contener a los franquistas, al imponer su orden y disciplina frente al caos revolucionario. Y esa fue otra grave contradicción republicana: mientras que una facción republicana apostaba por supeditar la revolución al triunfo militar sobre los sublevados, la otra insistía más bien en lo contrario: primero hacer la revolución y luego ganar la guerra, pues consideraban que una cosa la traería la otra de forma natural. Entretanto, los camaradas comunistas soviéticos no apoyaron desinteresadamente a la República: lo hicieron a cambio de la totalidad de las reservas de oro del Banco de España, que partieron para la URSS en pago por las armas solicitadas (el famoso “oro de Moscú”). Este hecho, inevitablemente, comprometió la política económica y financiera de la República hasta el fin de la contienda.

Barricadas en Barcelona (mayo 1937)

Este comportamiento “poco revolucionario” se acabó de ver en 1937 cuando los comunistas decidieron cortar por lo sano con cualquier veleidad revolucionaria, sobre todo protagonizada por anarquistas y trotskistas. En los llamados sucesos de mayoque tuvieron lugar en Barcelona, estas facciones fueron combatidas y reprimidas por el poder republicano establecido, que se había hecho fuerte en torno al P.C.E. Además, muchos de los experimentos sociales y económicos libertarios que se habían llevado a cabo en territorio republicano[11] fueron cortados de raíz y reprimidos duramente por la fuerzas republicanas regulares. En resumidas cuentas, fue la propia República la que acabó con las esperanzas revolucionarias de las masas obreras y campesinas, como ya había ocurrido entre 1931 y 1936. Y para que no quedara duda, el propio P.C.E. declaró entonces que no estaba por imponer un régimen revolucionario en España, sino que apoyaba fielmente a la República democrática burguesa, aunque sus métodos y formas de actuación distaban mucho de ser “democráticas”.

En cualquier caso, todos los historiadores coinciden en que el bando republicano fue un nido de víboras, con enemistades y luchas internas entre los partidos, con una tremenda incapacidad de ponerse de acuerdo acerca de qué política llevar a cabo, y eso que las fuerzas de centro y derecha republicanas habían sido ya barridas. Esa desunión y recelo llegó también al terreno nacionalista, pues durante la guerra el gobierno de Cataluña desplegó su propia política[12], por lo menos hasta mediados de 1937, y lo mismo sucedió en el norte de la Península, donde los gobiernos locales fueron incapaces de coordinarse adecuadamente ante las ofensivas franquistas.

El anarquista Melchor Rodríguez, último alcalde republicano de Madrid

Pero llegados a 1938, los gobernantes republicanos –viendo que se aproximaba el desastre– trataron de apelar a la moderación y a la concordia nacional, cuando era obvio que esta voluntad, si es que era sincera, llegaba muy tarde. Y ya sabemos cómo acabaron las cosas: tras la derrota del Ebro y la caída de Cataluña, el régimen republicano se descompuso y las viejas rivalidades internas acabaron por estallar en una guerra civil (los comunistas contra todos los demás) dentro de la Guerra Civil. Fue el último acto deuna República desquiciada y sin rumbo, que se hundió por sí misma prácticamente sin que los franquistas tuvieran que intervenir en los dos últimos meses de la guerra. Y el triste espectáculo no pudo acabar peor, con la desbandada de casi todos los líderes políticos y militares republicanos, que huyeron del país semanas antes del fin de la guerra. Sólo unos escasos políticos y militares republicanos (Besteiro, Rodríguez, Escobar[13]…) se mantuvieron en sus puestos ante la llegada de las fuerzas enemigas, aun a sabiendas de que con toda probabilidad serían ejecutados o encarcelados de por vida. Por lo demás, aún hoy en día aún se acusa a los republicanos que pusieron fin a la guerra[14] de connivencia con el franquismo y de haber entregado la República a los fascistas. En fin…

Llegados a este punto, podemos condenar cuanto queramos el franquismo, con sus conocidos crímenes y persecuciones, que se prolongaron durante varios años aún después de la guerra. Todo eso ha sido narrado hasta la saciedad y no merece más comentario. Pero es un grave error que –por contraposición ideológica– todavía se siga idealizando o dando una imagen distorsionada del régimen republicano.

Con todo, no podemos ocultar que la crisis económica mundial tras la depresión del año 1929 influyó negativamente en el desarrollo de los acontecimientos. Tampoco se puede negar la nefasta influencia del agitado clima internacional, con la crisis de las democracias, el auge del fascismo y el triunfo de la revolución soviética. No obstante, nada de esto justifica la pésima conducción de la República por parte de sus dirigentes, antes y durante la Guerra. No se pudieron hacer peor las cosas, perdiendo la noción de la realidad, jugando a revolucionarios (pero sin serlo), azuzando una lucha política partidista despiadada, gestionando mal la cuestión territorial, la religiosa y la militar, fracasando en las políticas sociales y económicas, reprimiendo duramente a las clases populares y luego permitiendo que se tomasen la justicia por su mano y un largo etcétera. Es como si la República hubiese ofrecido el caramelo a las clases más desfavorecidas y luego se lo hubiese negado, dándole en su lugar un fuerte garrotazo. A su favor, empero, podríamos decir que la República implantó ciertos avances sociales, educativos y culturales, pero es un muy poco haber para tanto debe.

Las grandes esperanzas populares depositadas en la República (Proclamación de la República en Barcelona, abril de 1931)

La República, en suma, no sólo fue incapaz de resolver las grandes contradicciones del régimen anterior, sino que las agravó hasta el punto de dejar al país ingobernable y tomado completamente por los fanatismos y extremismos. Y es lícito recordar que algunos de los líderes militares que se alzaron en armas fueron en su momento republicanos convencidos –como el general Queipo de Llano– e incluso masones (los que mayormente trajeron la República), mientras que paradójicamente muchos militares monárquicos defendieron la República[15]. Obviamente, no justifico en absoluto la intervención militar, pero lo que ya no se puede sostener de ningún modo es que cuatro generales africanistas resentidos fueron los responsables de la caída de la República.

Desde luego, si alguien –premeditadamente– quería destrozar la frágil convivencia de la sociedad española y llevarla a una crisis total que desembocara en una guerra fratricida que a su vez encajara perfectamente en un marco prebélico mundial (con la oportunidad ideal para probar tácticas y armamentos) no lo pudo hacer mejor. Todo el montaje internacional que se construyó en torno a la Guerra deja bien a las claras que no fue una reacción improvisada y espontánea. Fue más bien un plan bien meditado y hábilmente ejecutado en que las víctimas fueron los de siempre.

© Xavier Bartlett 2017

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

Aviso: la responsabilidad del contenido de esta entrada es pura y únicamente competente a su autor.